
DIA 2 DE MAYO
Nacimiento de la Santísima Virgen María
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º Nació la Aurora feliz, que anunciaba el Sol de justicia tan deseado de los justos. Nació María para ser la alegría del Cielo, que en ella veía a su Reina; la esperanza de la Tierra, porque le anunciaba su próxima redención, y el terror del infierno, que descubría en esta hermosa niña una Judit valerosa que debía humillar su orgullo, y ser su mortal enemiga.
¡Cuánto debo humillarme! Yo nací para el Cielo, nací para mi Dios, y bien pronto perdí el derecho a mi felicidad, ¡porque me aparté de la amistad y servicio de Dios! ¡Cuán distinta es la memoria de mi nacimiento del de María!
2.º Nació María de padres muy santos, dotada de los más excelentes dones de gracia y de naturaleza. Un entendimiento ilustrado con las luces más puras, una voluntad recta, enteramente conforme con la de Dios, nada de ignorancia, nada de concupiscencia, una carne tan pura y tan santa, que mereció ser la carne del Hombre-Dios, todo anunciaba en Ella la obra predilecta del Altísimo. ¡Qué grandeza tan sublime!
Yo nací de padres pecadores, hijo de ira y concebido en pecado, es verdad; pero la Iglesia me reengendró en la fuente del Bautismo, de donde salí sin mancha alguna, hecho hijo adoptivo de Dios. ¿No es esto para mí bastante honor? ¿Lo estimaré en menos que las grandezas de la Tierra?
3.º Cuando nació María, se contaban entre sus ascendientes muchos reyes y patriarcas; pero toda esta grandeza no tenía atractivo alguno a sus ojos, fijos siempre en el tesoro de gracias con que Dios había enriquecido su corazón, hecho todo para Él, y que desde entonces le entregó sin reserva.
Alma mía, también tú has sido hecha para Dios, y enriquecida con gracias especiales. ¿Cuántas veces, sin embargo, te has olvidado de tu Dios, y has buscado tu felicidad en la grandeza de la Tierra, y te has creído grande y feliz por el brillo de tu familia y de tu nacimiento? Aprende de María a amar sólo la verdadera grandeza, que consiste en ser hijos de Dios, y en no tener otro objeto de amor más que a Dios, porque inquieto estará tu corazón hasta que se fije y descanse en Él.
AFECTO.
¡Oh, María!, vuestro Nacimiento forma la alegría del Cielo y de la Tierra, porque él es la aurora de la gracia y el principio feliz del día de nuestra redención, que disipa las tinieblas del pecado; del pecado, que tantas veces ha tenido a mi alma cautiva en las sombras de la muerte. Disipadlas ya, Virgen Santa, y haced que yo también participe de la alegría de vuestro Nacimiento, alcanzándome de vuestro Hijo que nazca desde hoy para su amor con tal empeño, que ni la misma muerte sea capaz de apartarme de tan dulce ocupación.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia del Señor.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos, ¡oh, María!, las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Quibus te laudibus efferam nescio. Si formam Dei te appellem, dignam existimo. (S. Aug.)
¡Oh, María!, no sé con qué elogios os celebre. Porque si os llamo forma o imagen de Dios, os encuentro digna de este título.
OBSEQUIO
Rezar nueve veces la Salve en memoria de los nueve meses que estuvo la Santísima Virgen en el seno de santa Ana.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de cielos y tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien el Señor ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los Pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
María llena de gracia, y colmada de bendiciones por la Santísima Trinidad, se complace en que sus siervos deseen participar de sus dones y se los pidan. El venerable P. Carlos Jacinto, siendo aún niño, pidió tres gracias a María, y decía haberlas logrado: la 1ª fue aprovecharse de sus estudios; la 2ª entrar en religión; y la 3ª no quiso descubrirla, y se cree haber sido la de no perder la gracia bautismal. Esta es la petición que más frecuentemente le hacen sus devotos verdaderos, y de aquí el leerse en las vidas de sus amantes, que no cometieron pecado mortal. Así lo leemos de san Estanislao de Koska, de san Luis Gonzaga, de san Alfonso de Ligorio, y otros mil que, consagrados a Ella desde su infancia, se lo pidieron. Por eso la Santísima Virgen dijo a santa Brígida: Haz que tus hijos lo sean míos, enseñándoles a que me amen desde su infancia. ¡Cuánto más felices seríamos si pidiésemos a María estas gracias, en vez de las temporales que sin cesar deseamos recibir de ella!