Amadores de Cristo

DIA 3 DE MAYO

El dulcísimo nombre de María

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º No sin acuerdo del Cielo se impuso a la que había de ser Madre de Dios el nombre misterioso de María; porque él solo dice en su alabanza cuanto puede decirse, y así como es propio de un artífice poner nombres a sus obras, porque conoce sus propiedades, así solo Dios, que conocía a fondo las de María, pudo darle este nombre dulcísimo. María significa Señora, pues lo había de ser del Cielo y de la Tierra, y hasta el mismo Dios, haciéndose Hombre, debía sujetarse a su obediencia. ¡Oh, qué sublimidad tan grande tiene este nombre! ¡Cuán poco le he reverenciado al pronunciarlo! ¡Cuán poco me he aprovechado de la protección que se nos dispensa, invocándole con devoción y confianza!

2.º María significa también estrella de mar. El mundo es un océano agitado siempre por encontrados vientos, que amenazan sumergirnos y hacernos perecer entre los escollos de las tentaciones; pero en las continuas borrascas de esta vida basta mirar a esta estrella, que siempre brilla sobre nuestras cabezas, para saber hallar el rumbo perdido; basta invocar a María, para no perecer. Sin embargo, siendo esto tan constante en la experiencia, he invocado en mis trabajos y apuros a mis amigos, o a los poderosos del mundo, o a mis talentos y mis propias fuerzas. ¡Oh, cuánto más feliz hubiera sido invocando a María!

3.º Después del santísimo nombre de Jesús, no hay otro más poderoso ni más dulce que el de María. Invocado con confianza, ahuyenta al enemigo e introduce la paz en el corazón. Por ello era el néctar que casi de continuo endulzaba la boca de los Santos. No puede, ¡oh, María!, pronunciarse tu nombre, decía san Bernardo, sin que se abrase el corazón, ni aun es posible pensar en él, sin que recree con dulces afectos a los que te aman. Tú lo pronuncias mil veces, alma mía, y sin embargo no sientes tan dulces efectos. ¿Sabes la causa? No es otra, que el hacerlo sin atención, sin confianza, sin reverencia y sin amor.

AFECTO

¡Oh, María! La Trinidad Santísima os ha dado un nombre que, después del de vuestro Hijo, es sobre todo nombre, para que al oírle se postre toda criatura en el Cielo, en la Tierra y en el Infierno. Grabadlo, Señora, en mi corazón, para que sea mi escudo contra los ataques del demonio, el lenitivo de mis dolores, el bálsamo de mis llagas, la esperanza de mi salud y la expresión de los afectos de mi corazón. Viva yo para invocar a María, viva muerto al mundo, y muera amando a Jesús, y llamando sin cesar a María.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia del Señor.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos, ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Oleum effusum nomen tuum.

¡Oh, María!, vuestro nombre es como bálsamo derramado, dignaos comunicar su suavidad a mi corazón.

OBSEQUIO

Rezar cinco veces el Avemaría en honor de las cinco letras del dulcísimo nombre de María.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos, para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de cielos y tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien el Señor ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los Pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Después del nombre de Jesús, no hay otro tan dulce y tan amable como el de María. El beato Herman, que mereció que la Santísima Virgen le llamase su esposo y le diese el nombre de José, pronunciaba el nombre de María con mucha frecuencia, sintiendo cada vez sus maravillosos efectos. Cuando estaba sólo se postraba, tocando casi el rostro al pavimento de su celda, y en tan humilde postura repetía sin cesar: María… María… Sorprendido una vez en este ejercicio por un amigo, le dijo contestando a sus preguntas: «¡Ah, yo recojo con un consuelo increíble los deliciosos frutos del nombre de María! Lo pronuncio, y me parece que todas las flores, todos los perfumes más exquisitos se reúnen junto a mí, llenando el aire del más suave olor: mientras que cierta virtud, que yo ignoro, llena mi corazón de alegría celestial. Así descanso de todos mis trabajos, olvido mis amarguras, y quisiera, si posible fuese, no salir jamás de esta posición, ni cesar de repetir el santo nombre de María.» (Surio, Año crist.) También el beato Enrique Suson repetía este nombre con lágrimas de ternura, afirmando que, como un panal de miel, se le derretía en lo interior del alma. ¡Oh, María! ¿cuál seréis Vos si vuestro nombre es tan amable y gracioso? ¡Qué motivos de confusión para los que pronunciamos este dulce nombre sin respeto, sin confianza y sin amor!

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