Amadores de Cristo

DIA 8 DE MAYO

Pureza virginal de María Santísima

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María, unida con José, en nada alteró su conducta anterior. A los ojos del mundo vivía como esposa del Santo Patriarca; pero a los ojos de Dios, y en el fondo de su corazón, su unión era muy distinta. Era como la unión de dos hermanos en su amor, y de dos ángeles en su pureza. El corazón de María, hecho todo de Dios desde su concepción, no dejó de pertenecerle un solo instante, porque amando a Dios, amaba a José, esposo suyo por voluntad divina, y el amor de José no la apartaba del de Dios. ¡Cuántos han naufragado en la virtud, o por la mudanza de estado, o por vivir en sociedad! Sólo María fue azucena fragantísima, porque las flores de su candor y pureza estuvieron bien arraigadas en el recogimiento y mortificación. Así es, alma mía, como podrás conservar los dones de Dios.

2.º María sabía bien la santidad de José, y que, como Ella, tenía consagrada a Dios su virginidad. Ambos esposos de conformidad renovaron su voto, y con él hicieron a Dios el suavísimo sacrificio de su pureza angelical. Desde entonces la pureza de María santificaba a José, y la de éste formaba el escudo impenetrable con que Dios defendía la inocencia de la que había de ser su Madre. He aquí, alma mía, los frutos del amor de estos esposos. ¿Quieres saber si amas con amor sincero a tus prójimos? Mírate en este espejo. ¿Haces servir tu unión con ellos a la gloria de Dios y a tu santificación? ¿Les ayudas en la forma posible a perfeccionarse en la virtud? Si así no lo haces, tu amor no es santo; Dios no lo aprueba.

3.º María estaba persuadida de la santidad de José, y Dios le había asegurado que no peligraría su pureza. Pero, sin embargo, no quiso descuidar ninguno de los medios que sin esta persuasión hubiera puesto para defenderla. Ella no sólo fue templada en el cuidado de su cuerpo, sino también muy vigilante para conservarle siempre sujeto al espíritu. Mortificó constantemente todos sus sentidos, guardó en lo posible el mayor retiro, ocupóse en la oración, y sirvió a Dios con amor, temor y reverencia. ¡Oh, cómo será posible que sea yo fiel a las promesas que tantas veces he hecho a mi Dios, si no me dedico con esfuerzo a la mortificación, al retiro, a la oración y a la vigilancia!

AFECTO

¡Oh, María!, Virgen prudentísima, que con tanto esmero conservasteis el don precioso de la pureza! Compadeceos de mi debilidad, y alcanzadme de Dios un amor muy singular a esta virtud, para que huya de cuanto pueda empañarla aun levemente. Inspiradme amor a la oración y al retiro, para que prefiera el trato de los ángeles al de los hombres. Vos santificasteis a José con vuestro trato y vuestro ejemplo; santificadme a mí, y hacedme puro en mi alma y en mi cuerpo, para ser morada digna del Esposo divino de las almas, que se una a la mía para siempre.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Oh, María, sancta Virgo virginum, ora pro nobis.

Oh, María, santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.

OBSEQUIO

Rezar tres Salves, pidiendo a María nos defienda de toda tentación de impureza.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos, para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Así como la virtud de la pureza y castidad es la más amada de María Santísima, así también es la más aborrecida de su enemigo el demonio, que procura con mil medios desterrarla de nuestro corazón, o cuando menos empañarla con su soplo pestilente. Por lo mismo debemos estar siempre preparados para resistir a sus ataques, y acudir a María para que nos defienda. El apóstol valenciano san Vicente Ferrer, devoto en extremo de la Santísima Virgen, leyendo un libro sobre la virginidad de esta Señora, le suplicó con fervor defendiese su alma de tentaciones impuras. Haciendo esta súplica, oyó una voz que decía: No todos podemos ser vírgenes. Atónito el Santo, y no pudiendo creer que saliesen estas palabras de boca de la Madre de la pureza, instó con más fervor en su oración, mereciendo ser consolado por esta Señora, que le descubrió ser aquella voz engaño del demonio, que toda su vida le combatiría; pero que no podría vencerle si resistía con valor, y la invocaba con frecuencia. ¡Oh, a cuántos hace caer el demonio con una sugestión igual a ésta! Por el contrario, ¡cuán pocos perecerían si acudiesen a María en sus tentaciones y peligros!

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