Amadores de Cristo

DIA 9 DE MAYO

Anunciación de la Santísima Virgen María

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º Desde el principio del mundo, los Patriarcas, los Profetas, y todos los justos, ansiaban la venida del Libertador prometido por Dios, y se lo pedían con ardientes votos; pero, sobre todos, lo deseaba y pedía María, porque sobre todos amaba a Dios, y deseaba verle glorificado por la redención del mundo. En el silencio de la noche levantaba su corazón a Dios, y pedía que las nubes lloviesen al Justo, y la tierra brotase al Salvador. Pero a pesar de todo, nunca pensó que pudiera ser Ella la Madre del Mesías. Su humildad profunda la hacía creerse indigna de tal grandeza, y tan indigna que, con su voto de castidad, renunciaba aun a la esperanza de que naciese de su descendencia. ¡Oh, qué ejemplo de humildad! Alma mía, mientras no la imites, no debes esperar la unión con Dios. Mientras te creas digna de la más mínima gracia, te verás privada de ella, porque Dios sólo la da a los humildes.

2.º Cuando María, abismada en su humildad, pedía a Dios la regeneración del mundo, Dios, complacido de su virtud, y que por ella la había escogido para Madre de su Unigénito, envía un Arcángel para anunciarle su voluntad. Gabriel se presenta y la dice con respeto: Yo te saludo, Virgen llena de gracia, el Señor es contigo, y tú eres bendita entre todas las mujeres y sobre todas ellas. ¡Oh, qué salutación tan lisonjera! Ninguna criatura había sido digna de oírla hasta entonces; estaba destinada para María, y lo estaba por su humildad. ¡Alma mía! Un Arcángel en nombre de Dios saluda a María: ¿podrás tú dejar de saludarla también con respeto y con amor?

3.º María oye las palabras del Arcángel, y se turba. Comprende la grandeza de estas palabras, se cree indigna de ellas. Teme que sea una ilusión; teme que el que las dice sea un hombre, y se anonada, se encierra en el fondo de su corazón, y allí se prepara a combatir la soberbia. No temas, María, le dice el Arcángel, porque has hallado gracia en los ojos de Dios. Estas palabras la tranquilizan, pero no la envanecen; porque su humildad es invencible, y es la causa de que Dios tenga en Ella sus complacencias. Dios, dice Ella misma, se ha complacido en mirar la humildad y la bajeza de su sierva. Aprende, alma mía, a temer toda alabanza, y a vencer la soberbia, como María, considerando tu bajeza, y no atribuyendo nunca a tus méritos las gracias que Dios te hace. ¡Oh, cuánto vale el propio conocimiento!

AFECTO

¡Oh, María!, yo me uno al Arcángel, y os saludo, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. Vuestra humildad, Señora, confunde nuestro orgullo, vuestra turbación condena nuestra vanidad, y vuestro ejemplo en atribuirlo todo a Dios, nos arguye por nuestro amor propio. Compadeceos de nuestra miseria, enseñadnos a ser humildes de corazón, y a despreciar toda alabanza de los hombres, mirándola como un lazo que nos tiende el enemigo. Ayudadnos a vencerle, para que nuestra humildad nos merezca las miradas de Dios, y seamos dignos del amor de vuestro Hijo Jesús.

ORACIÓN.

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos, ¡oh, María!, las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Ave, gratia plena: Dominus tecum.

Ave, llena de gracia, el Señor es contigo.

OBSEQUIO

Tener un rato de oración mental, considerando la grandeza de este misterio, y decir con devoción la Salutación angélica, meditando sus palabras.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos, para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Nunca podremos encontrar palabras más expresivas de la grandeza de María, ni más gratas a su corazón, que las proferidas por el arcángel Gabriel en nombre del mismo Dios. En ellas se contienen todos sus privilegios y dones especiales, que la hacen superior a todas las criaturas, y se recuerda el momento feliz de principiarse en su seno la grande obra de nuestra redención. He aquí por qué esta Salutación no se aparta de los labios y del corazón de los hijos predilectos de María, que la retribuye con gracias singulares. Santa Catalina de Sena, desde la edad de cinco años amaba tanto a la Santísima Virgen, que subiendo las escaleras de su casa se detenía en cada escalón para rezar un Avemaría, mereciendo muchas veces que los ángeles la subiesen sin tocar en el suelo. La misma devoción practicaba san Luis Gonzaga. San Estanislao no podía decir la Salutación angélica sin derramar lágrimas de ternura. San Bernardo, saludando una vez a la Santísima Virgen con las palabras, Ave, María, oyó que le respondió: Ave, Bernardo. Finalmente, una joven religiosa se apareció después de su muerte a una hermana suya, diciendo que volvería gustosa al mundo para padecer de nuevo cuanto había sufrido, sólo para pronunciar de nuevo un Avemaría, y alcanzar la gloria que a este acto corresponde en el Cielo. ¡Oh, qué fuente tan inagotable de bendiciones celestiales es la Salutación angélica!

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