
DIA 17 DE MAYO
Purificación de María Santísima
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º La ley de Moisés mandaba que las mujeres permaneciesen cuarenta días después de su parto sin salir de su casa, y les prohibía entrar en el santuario y tocar alguna cosa santa, porque tenían una impureza legal durante este tiempo. María Santísima, que no había concebido por obra de varón, ni había dejado de ser virgen, estaba exenta de esta ley; pero sin embargo se humilla, y permanece en Belén cuarenta días después del alumbramiento, comparándose con las mujeres comunes. ¡Cuán distinto del proceder de María es el nuestro! Ella oculta y tiene en silencio los más raros privilegios con que la ha distinguido el Altísimo; nosotros buscamos siempre cómo descollar sobre los demás, y ostentar si algo bueno creemos tener. Ella obra como si fuese una mujer común, y no teme que se la tenga por impura: nosotros, al contrario, ¿cuánto estudiamos para disimular nuestros defectos? La diferencia consiste, alma mía, en que en María reina la humildad, y en nosotros la soberbia.
2.º Disponía además la ley, que pasados los cuarenta días se presentase la madre con su hijo en el templo de Jerusalén, para purificarse de su pecado por medio del sacrificio que debía ofrecer en su nombre el sacerdote. María, obediente en todo a la ley, aunque no le comprendía, sale de la cueva, se dirige al templo, y llevando a su Hijo en brazos, se confunde con las mujeres pecadoras que iban a purificarse, y entra en el recinto sagrado llena de humildad, de modestia y de respeto. ¡Qué confusión para mí, que siendo pecador miserable, que vengo al templo a purificarme de mis culpas, y pedir a Dios perdón, entro en él sin modestia, sin respeto, tal vez con soberbia farisaica! ¡Qué confusión para mí que estoy tan distraído en la presencia de mi Dios!
3.º Mandaba finalmente la ley que en holocausto por el hijo ofreciese la madre un cordero; y por su pecado una tórtola o palomino, y que, si por su pobreza no pudiera comprar un cordero, ofreciese dos tórtolas palominos. María, amante de la pobreza como su Hijo, había repartido a los pobres los tesoros que le habían presentado los Magos, y sólo pudo ofrecer a Dios lo que la ley mandaba presentar a los pobres, porque se había reducido a este estado. ¡Alma mía, y no te confundes por tu amor a las cosas terrenas! El Rey de los siglos, la Reina del Cielo, no tienen sino lo preciso para ofrecer a Dios un par de tórtolas; pero le ofrecen dos corazones purísimos, y más ricos en virtud que todas las criaturas juntas. He aquí el mejor sacrificio que puede hacerse a Dios, el de un corazón contrito y humillado.
AFECTO
¡Oh, María!, espejo sin mancha, Virgen purísima, esclava de Dios y obedientísima, que os sujetáis a una ley humillante, y que no os comprende. Yo os suplico me hagáis participar de vuestros sentimientos. ¡Cuántas veces he rehusado yo obedecer la ley de vuestro Hijo! Yo propongo no hacerlo más, porque Vos me enseñáis a no buscar excusas para evadirme. Vos me enseñáis que aun cuando no me comprendiera por deber, debiera sujetarme a ella por amor y por humildad, y cumplirla con respeto. Rogad con interés por mí, para que conociendo cuán manchado estoy por mis pecados, acuda al templo, como Vos, con humildad y recogimiento, y me purifique de ellos, aceptando al efecto cuantos sacrificios me imponga vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
ORACIÓN.
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Oh, María, speculum justitiæ, Mater purissima!, ora pro nobis.
¡Oh, María, espejo de justicia, Madre purísima!, ruega por nosotros.
OBSEQUIO
Rezar tres Avemarías para que la Santísima Virgen nos alcance una verdadera contrición.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Los devotos de María procuran prepararse para celebrar sus festividades limpiando enteramente su corazón de las manchas que introducen en él sus faltas cotidianas, y haciendo algunos actos de mortificación para lograrlo. San Carlos Borromeo ayunaba a pan y agua en las vigilias de sus festividades. San Félix de Cantalicio, imitando a San Francisco, ayunaba, en honor de María, desde la octava de los apóstoles San Pedro y San Pablo hasta el día de la Asunción. Santo Tomás Cantuariense se mortificaba con un cilicio en obsequio de María, lo cual le mereció que esta Señora le ayudase a componerlo. Para estas mortificaciones podemos tener excusa muchas veces; pero de ningún modo para la que practicaron todos estos devotos de María, mortificando sus pasiones y privándose en su obsequio hasta de cosas lícitas. Así se lee de la venerable Verdiana, religiosa de Vallumbrosa, que en las festividades de María Santísima se privaba del trato y comunicación con las demás, no saliendo de su celda sino por cosas de caridad u obediencia. ¡Cuán fácil nos sería honrar con tales ejercicios a la Santísima Virgen en sus fiestas!