
DIA 1 DE JUNIO
El ejercicio de este día, en que se da fin al Mes de María, debe formar como el complemento de todos los demás, y ser como el fruto de todos los ejercicios y prácticas diarias. En él, pues, debe hacerse el ofrecimiento a la Santísima Trinidad del ramillete místico de las virtudes de María, que durante el mes se han contemplado y admirado, y el ofrecimiento a la Santísima Virgen, y por su mano a la misma beatísima Trinidad, del otro ramillete de actos de virtud y piadosas prácticas, con que la hemos procurado obsequiar en estos días, concluyendo con la solemne consagración de nosotros mismos al servicio de María Santísima.
Purificada, pues, el alma, por el sacramento de la Penitencia, de las faltas que la manchaban y podían hacerla indigna de las gracias de Dios y de las miradas de María, y unida a Jesús por medio de la sagrada Comunión, recibida en obsequio de la Santísima Virgen y con intención de ganar la indulgencia plenaria que el santo padre Pio VII concedió a los que practican estos ejercicios, se ocupará en dar gracias a Dios por sus beneficios, y hará la consagración anteriormente dicha, valiéndose para ello de las siguientes oraciones:
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Santísima Trinidad, Padre, e Hijo y Espíritu Santo, Criador, Redentor y Santificador del hombre, yo os doy gracias por todos y cada uno de los beneficios que, de vuestra divina Majestad, he recibido en el mes de mayo por la intercesión y méritos de María Santísima, vuestra Hija, Esposa y Madre, a quien con tanta misericordia me habéis permitido obsequiar y honrar.
Mi alma os engrandece y mi espíritu se regocija en Vos, Dios mío, porque, mirando la humildad de vuestra sierva y Madre, María Santísima, obrasteis en ella cosas grandes, ostentando la omnipotencia de vuestro brazo, para que al verla la llamasen bienaventurada todas las generaciones. Dulcemente conmovida mi alma con la meditación de sus heroicas virtudes, os suplico con humildad os dignéis admitir, de mi pobre mano, el ramillete oloroso que, para honraros recordando vuestras misericordias con Ella, he formado en mi corazón con todas sus perfecciones, que se exhalan ante Vos como perfumes con olor de suavidad. Aceptadlo, Dios mío, y con él admitid también otro pequeño manojito de flores que la mano de María, con el influjo de vuestra gracia, ha criado en mi pobre corazón. Son, Dios mío, las prácticas piadosas y santos ejercicios de virtud en que he procurado ocuparme estos días. Recibidlos, pues, de manos de María Santísima, y dignaos hacer que se arraiguen más y más en mi corazón, hasta producir frutos abundantes y sazonados de vida eterna. ¡Oh, María!, presentadlos a la Trinidad Santísima, que de vuestra mano los aceptará benigna, y atraed sobre mi alma una gracia eficaz para imitaros, y perseverar en vuestro amor con la bendición del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
CONSAGRACIÓN A MARÍA SANTÍSIMA
¡Oh, Reina del Cielo y de la Tierra!, obra maestra del Omnipotente, milagro de la creación y de la gracia, Madre de Dios y Madre mía; vedme en vuestra presencia. He concluido, Señora, los ejercicios que emprendí gustoso para conoceros, para obsequiaros y para imitaros. He contemplado vuestras perfecciones, os he rendido mis pobres homenajes, y he procurado plantar en mi corazón las semillas de vuestras virtudes. Porque os conozco, os elijo por mi Madre y mi Reina y Señora; porque quiero obsequiaros, me consagro a Vos; y porque quiero imitaros, os suplico me admitáis en vuestro servicio. Ea pues, Madre mía, ved aquí a vuestro hijo; Reina mía, ved aquí a vuestro esclavo, que se os entrega para siempre. Yo os consagro mi cuerpo con sus sentidos, mi corazón con sus afectos, mi alma con sus potencias, mi vida con todo cuanto soy, porque quiero serviros y eternamente pertenecer a Vos. Ya no soy mío, Madre mía, soy vuestro. Cuidad, pues, de mí, vestidme la librea de vuestros siervos y el traje de vuestros hijos, que lo forman vuestras virtudes, para que en la presencia de Dios aparezca como hijo y siervo vuestro, y para que me reconozcan por tal los ángeles, los hombres, y los mismos demonios, que me respeten como propiedad vuestra. Recordadme mis promesas y mis deberes con Vos, y no permitáis que falte a ellos. ¡Oh, María!, quiero morir mil veces antes que perder vuestro amor y hacerme indigno de vuestras miradas y bendiciones. Quitadme la vida antes que tal suceda y os ofenda a Vos y a vuestro Hijo: no más pecados, no más ingratitudes, no más tibiezas. Amor, fervor, gratitud y perseverancia, ved aquí lo que deseo, ved aquí lo que os pido y lo que espero alcanzar de vuestro maternal corazón. ¿Será posible que abandonéis a una pobre criatura, que después de en Dios pone en Vos toda su confianza y se consagra toda a Vos? No, no es posible: porque Vos sois Madre, y una madre no puede olvidar ni abandonar a su hijo. Vuestro soy, salvadme; y para salvarme, haced que os imite, haced que os ame, y que mi amor me haga olvidarlo todo para vivir sólo para Dios y para Vos, en el tiempo y en la eternidad, donde con gratitud sin medida repita sin cesar: Bendición, claridad, acción de gracias, virtud, honor y fortaleza a la Hija, Esposa y Madre de Dios, a la que fue concebida sin pecado, a la que fue exaltada sobre todos los coros de los ángeles para reinar en el Cielo y en la Tierra por todos los siglos de los siglos.
Amén.