
DIA 7 DE MAYO
Desposorios de María Santísima con San José
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Dios mío, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María había hecho su voto en el secreto de la oración, y sólo Dios, que se lo había inspirado, era testigo de este sacrificio de su corazón. Los hombres lo ignoraban; y llegada María a edad competente, se dispuso su desposorio según la costumbre que había entre las jóvenes educadas en el templo de Jerusalén. Sus padres habían concedido su mano a un mancebo ilustre de su misma tribu que la había pedido, y María debía obedecer. ¡Qué prueba tan terrible para la inocente Virgen! Sin embargo, para salir vencedora no busca otro recurso que el de la oración, donde pide a Dios le descubra su voluntad. Acude también tú, alma mía, a la oración, para descubrir a la luz del santuario el camino que debes seguir en tus empresas. En la oración humilde hallarás paz en tus angustias, dirección en tus dudas, gracia y valor en las pruebas y tentaciones, y vencerás todos los obstáculos. Si descansas enteramente en la Providencia, ¿podrás dudar del buen éxito de todas tus empresas? ¡Oh, cuán bueno es mirar nuestro estado y porvenir a la luz del Santuario, y no al impulso de nuestras pasiones!
2.º María, ilustrada en su oración, se asegura de que Dios aprueba su desposorio, y se dispone a unirse con el hombre a quien Dios le destina por compañero, sin vacilar un punto por el voto que había hecho de castidad. ¡Oh, qué fe tan viva, qué confianza tan firme, qué obediencia tan superior a la de Abraham! Dios promete a éste que en su hijo serán benditas todas las gentes, y cuando le manda sacrificárselo, no le detiene el temor de ver desvanecida su promesa. María se compromete a guardar castidad perpetua, porque Dios se lo inspira, y ahora ve que Dios quiere que se una y se despose con un hombre, y obedece sin detención, sin escudriñar ni oponerse a la voluntad de Dios. ¡Oh, cuántas veces resistimos nosotros a esta voluntad, y nos privamos de muchas gracias, porque queremos que se acomode a nuestros designios anteriores!
3.º María se desposa con José, varón justo, señalado milagrosamente por el Cielo entre todos los mancebos de su tribu en testimonio de su santidad. Así premió Dios su obediencia y su fe, dándole un esposo que asegurase, más y más, en Ella el tesoro de sus singulares privilegios. ¡Oh, qué unión tan dichosa! Ella no tuvo otro fin que la mutua santificación de estos esposos. ¿Es este, alma mía, el objeto que te propones en las relaciones que te unen con tus prójimos? Examínalo bien con la luz de la oración, y huye de todo lo que no sirva a tu santificación y adelantamiento en la virtud.
AFECTO
¡Oh, María, modelo perfecto de fe, de confianza y obediencia en vuestra unión con el santo patriarca José, escogido por Dios para ser el custodio de vuestra pureza! Enseñadme a imitaros en estas virtudes, para que mi corazón, firme en la voluntad de Dios, nunca vacile en seguir los impulsos de su gracia, y lograr la santificación de mi alma. Ayudadme con vuestro santo Esposo, para que dirija todos mis pasos a mi aprovechamiento y el de cuantos me rodean a fin de que nuestra unión, basada en la caridad, se perpetúe eternamente en el Cielo.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos, ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Oh, María, Mater pulchræ dilectionis, fac ut in æternum te amem!
¡Oh, María, Madre del amor hermoso, haz que te ame eternamente!
OBSEQUIO
Rezar tres Padrenuestros y Avemarías, para que, por los méritos del desposorio de María, nos conceda el Señor la perseverancia en nuestra vocación.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos, para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
En vano es principiar una vida devota, y obsequiar a María, si no perseveramos en esta devoción; por eso decía el beato Berchmans: El obsequio más grato a María Santísima es el más constante, aunque sea el más pequeño. Un ejemplo de cuán peligroso es dejar sin causa la devoción comenzada con prudencia, se nos ofrece en la vida del venerable Tomás de Kempis. Siendo joven acostumbraba a rezar todos los días una oración en honor de la Virgen; pero empezó a dejarla alguno que otro por pereza, y al fin la descuidó enteramente. María Santísima, que amaba a este virtuoso joven, no quiso que aquella omisión fuese causa de mayor relajación. Apareciósele, pues, una noche en sueños, haciéndole ver que estaba entre otros niños compañeros suyos, a todos los cuales acariciaba y abrazaba con ternura. Estaba Tomás como fuera de sí de contento, esperando el abrazo de María; pero al llegar a él le dijo esta Señora con aire de severidad: ¿Y tú también esperas esta prueba de amor? ¿No me has olvidado ya por ventura? Apártate, que mis caricias no son para ti. Desapareció la visión, dejando al joven Tomás corregido saludablemente de su descuido, que no volvió a repetirse. ¡Cuántos estarán en el infierno, porque dejando de obsequiar a María dejaron de merecer y lograr su protección!