Amadores de Cristo

DIA 10 DE MAYO

Divina maternidad de la Santísima Virgen María

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º Concebirás y alumbrarás un hijo, a quien llamarás Jesús, el cual será grande, y se apellidará Hijo del Altísimo, dijo el Arcángel a María. Hasta ahora había temido esta Virgen purísima por su humildad, ahora teme por su pureza. La había consagrado a Dios, había hecho voto de vivir y morir virgen, y se le anuncia que va a ser madre. ¡Oh, qué ansiedad! Se le ofrece el sublime título de Madre de Dios: ¿lo preferirá al título de virgen consagrada a Dios, y esposa de Dios? ¿Cómo puede ser lo que me dices —responde al Ángel— si yo no conozco varón, y estoy resuelta a morir virgen? ¡Cuán grande sois a mis ojos, oh, María, en este instante, por vuestro amor a la pureza, que os hace titubear, y os dispone a renunciar por ella la maternidad divina! ¿Qué sacrificios serán nunca bastantes para conservar nuestra pureza, que tan agradables nos hace a los ojos de Dios?

2.º El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra, para defender tu pureza; por eso el Santo que nacerá de ti, se llamará Hijo de Dios, porque no un hombre, sino Dios mismo será su Padre. Estas palabras aseguran a María de que no perderá su virginidad y su pureza, que Ella prefiere al título de Madre de Dios, y anonadándose en la presencia del Altísimo exclama con humildad profunda: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Contempla, alma mía, la grandeza de estas palabras de María. Dios la hace su Madre, y Ella se dice su esclava. Dios le pide su consentimiento, y Ella le dice que obre según su voluntad y su palabra. Todo quiere que sea de Dios, y nada suyo, sino el obedecer a su Señor. ¡Oh, y cuántos dones alcanzaríamos de la bondad divina, si estuviésemos penetrados de nuestra nada!

3.º La palabra de Dios hizo que todas las cosas pasasen de la nada al ser. Hágase, y todo fue hecho. La palabra de María hace bajar del Cielo a la Tierra, y anonadarse, en cierto modo, al Criador de todas las cosas. Hágase en mí según tu palabra. Y en el mismo instante el Espíritu Santo desciende sobre Ella, se une a su alma con unión divina, como esposo suyo; y María concibe en su seno purísimo al mismo Hijo de Dios, impregnada del amor más ardiente al que por redimirnos y salvarnos se humillaba hasta vestir nuestra frágil naturaleza, desposándose con Ella con el más casto y perfecto desposorio. ¡Alma mía!, tu Dios viene a buscarte, a redimirte. Búscale en el seno de María. Esta es la verdadera zarza de Horeb, que arde sin consumirse. Humíllate antes de acercarte: descálzate de todo lo que es Tierra. Si te falta el amor, acércate luego, y a la sombra de María, Madre de Dios, arderás en caridad.

AFECTO

¡Oh, María, Virgen Madre de Dios, paraíso donde el nuevo Adán es formado para dar principio a la regeneración del mundo, casa de Dios y puerta del Cielo!, yo os saludo por vuestra nueva y singular grandeza, yo adoro en vuestro seno al Unigénito del Padre, a quien el mundo entero no puede contener, y me complazco al veros sublimada a la dignidad altísima de Madre de Dios. Si os son gratos mis homenajes, dignaos fijar en mí vuestros maternales ojos: acordaos, Señora, que no para Vos sola, sino también para nuestra felicidad eterna, sois constituida Madre del Verbo. Vos sois el medio de comunicación, y el lazo que une a Dios con el hombre; unidme, pues, a Jesús, y pedidle se digne comunicarse conmigo, y venir a morar en mi pobre corazón, puesto que a este fin se unió con Vos. La morada es pobre, Madre mía, pero Jesús, que se anonada para vivir con nosotros, no la rehusará, si Vos os dignáis adornarla con vuestra pureza y vuestra humildad. ¡Oh, María!, hacedme puro, hacedme humilde, y seré feliz, porque vendrá Jesús a mi corazón, y ya no nos separaremos en toda la eternidad.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Sancta Dei Genitrix, ora pro nobis.

Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.

OBSEQUIO

Adorar a Jesús en el seno purísimo de María, y pedir a esta Señora nos enseñe a amarle, diciéndole con frecuencia: Fac ul ardeat cor meum in amando Christum Deum: Haz que arda mi corazón en el amor de Cristo Jesús, mi Dios.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos, para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Así como nadie puede llegarse al Padre sino por medio del Hijo, según leemos en el Evangelio, así nadie se acercará al Hijo con tanta facilidad como por medio de María. Unidos ambos por el misterio de la Encarnación, no puede ser amado el uno sin el otro. Acudamos, pues, a María para que nos enseñe a amar a Jesús, y a Jesús para aprender a amar a María. Un Santo amante de la Santísima Virgen lo hacía así, diciendo: ¡Oh, María, haced que después de Vos sea yo el que más ame a Jesús! ¡Oh, Jesús, haced que después de Vos ame a María más que todos! El beato Alfonso Rodríguez repetía también con mucha frecuencia: Jesús, María, mis dulcísimos Señores, hacedme esta merced, que muera yo y padezca por vuestros amores. Y hablando con otro, decía: Te encomiendo estos cuatro amores, para que los pidas a tu dulce Jesús y a tu dulce María: el amor altísimo de Dios, el amor dulcísimo de Jesús, el de la dulcísima María su Madre, y el amor de los prójimos, que se lo tengas tan grande, según Dios, que desees padecer con su gracia las penas del infierno, porque ninguno le ofenda y se condene. ¡Oh!, si mirásemos este consejo como dirigido a cada uno de nosotros, ¡qué frutos tan saludables produciría en nuestras almas!

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