
DIA 14 DE MAYO
Alumbramiento celestial de la Santísima Virgen María
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María, Virgen purísima, conociendo por luz divina que era llegada la hora del alumbramiento, sola con su esposo en la cueva de Belén, llena de gozo y alegría inefable, y transportada en contemplación suavísima, sin el menor dolor ni menoscabo de su entereza virginal, dio a luz a Jesús, Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. ¡Oh, dichoso momento en que comienza nuestra fortuna! ¡Oh, bondad de mi Dios que, sin dejar el trono eterno de su gloria, nace en el tiempo, para con su humildad y pequeñez corregir mi desmedido orgullo! ¡Jesús mío!, ya que habéis nacido por mí, dadme gracia para que tome vuestros ejemplos de humildad y caridad. María Virgen, Madre dichosa de Jesús, alcanzadme a ser desde hoy humilde de corazón.
2.º María, siempre Virgen, al ver junto a sí a Jesús, su Hijo, desnudo y tiritando de frio, pero vestido de limpieza, blancura y hermosura incomparable, con el amor más tierno y con la reverencia más profunda, le toma y estrecha entre sus brazos, y lo envuelve en los pañales limpísimos que ya tenía prevenidos. ¡Oh, María!, ¡quién tuviese un corazón enteramente limpio y puro para ofrecérosle, a fin de que en él abrigaseis a Jesús! Ya que mi corazón no está en tan felices disposiciones, clamaré a María, para que me alcance de Jesús un nuevo corazón, que sea limpio en sus actos y recto en sus intenciones.
3.º María, siempre Virgen, después de haber envuelto a su Hijo Jesús en los pañales, lo reclinó en el pesebre. Lección maravillosa de desprendimiento. María se priva ya de regalarse con Jesús, fruto bendito de sus entrañas, para que todos francamente podamos llegarnos a adorarle en el pesebre, y oigamos en sus lágrimas y silencio las primeras lecciones que nos da de humildad. ¡Alma mía! ¿por qué te detienes? Corre y busca a Jesús en el pesebre, pues ha nacido para ti. Si te humillas con Él, aún podrás oír el cantar de los ángeles que le saludan y glorifican, y que sólo pueden percibir los humildes y limpios de corazón.
AFECTO
¡Oh, María! Vos nos habéis dado a Jesús; Vos habéis traído a la Tierra al Redentor, y como nave cargada, habéis conducido a nuestro suelo el pan divino que da la salud a nuestras almas. ¡Oh, dulce María!, pues por Vos tenemos a Jesús, pedidle, como Madre suya, que nazca en nuestros corazones, reine en nosotros, y sea nuestra luz, nuestro alimento, y el único objeto de nuestro amor, a fin de que vivamos sólo para Jesús y para Vos.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
O Maria! Mater Christi, salvum fac servum tuum sperantem in te.
¡Oh, María!, Madre de Cristo, salvad a vuestro siervo que en Vos tiene puesta su confianza.
OBSEQUIO
Felicitar a María por su dignidad augusta de Madre de Dios, rezando con devoción nueve Avemarías, en reverencia de los nueve meses que llevó en su seno al divino Jesús.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
La grandeza a que contemplamos sublimada hoy a la Santísima Virgen, dando a luz al Hijo del Eterno Padre, es un motivo más de consuelo para sus amantes, que acuden a Ella con nuevo fervor, pidiéndole unos que les enseñe a amarle como ella le amaba, y presentándole otros el corazón de su Hijo Santísimo para merecer su protección. De lo primero nos da ejemplo el beato Pedro Claver, que había aprendido a amar a María al lado del beato Alfonso Rodríguez. Llevaba siempre consigo un pequeño libro, que trataba de las grandezas de María, a quien llamaba comúnmente Madre del amor hermoso, diciéndole con frecuencia: «¡Oh, mi cariñosa Madre!, enseñadme, enseñadme, os ruego, a amar a vuestro divino Hijo: alcanzadme una centella de aquel puro amor, en que vuestro corazón está siempre abrasado por él, y prestadme el vuestro para que yo pueda recibirle dignamente en el mío.» De lo segundo nos ofrecen ejemplos santa Matilde y santa Gertrudis, en cuya vida se lee que Dios le enseñó a ofrecer a María Santísima el Corazón de Jesús, para alcanzar gracias por este medio, logrando que los méritos de Jesús supliesen por las faltas que ella cometía en los obsequios a su Madre. ¡Oh, cuán fácil nos será tener propicia a María, si le presentamos a Jesús por medianero!