Amadores de Cristo

DIA 21 DE MAYO

Encuentro de María Santísima con Jesús en la calle de Amargura

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María Santísima, que no dejó un punto la compañía de su divino Hijo durante su vida y predicación, y que tan bien supo guardar en el archivo de su corazón sus celestiales palabras y ejemplos, cuando ya supo había comenzado la carrera amarga de su pasión, no pudo menos de seguirle en lo posible, hasta encontrarle en la calle de Amargura, caminando al Calvario. ¿Dónde vas, alma mía, si no sigues las huellas ensangrentadas de Jesús? ¿Qué camino puedes tomar más seguro para no volver a extraviarte, que seguir los pasos dolorosos de María hasta encontrar a su Hijo, que es tu Salvador?

2.º María Santísima, por entre los soldados y la multitud tumultuosa, descubre a Jesús, cargado con la cruz, fatigado sobremanera con su peso, todo lleno de sangre y de salivas, casi exánime, recibiendo de continuo golpes, injurias y malos tratamientos de un pueblo ingrato. ¡Qué vergüenza para mí gloriarme de ser cristiano, y no querer llevar bien la cruz que mi Salvador me ofrece tan ligera! Si en mis pequeños trabajos buscase yo a Jesús, y fijase atento mis ojos en la cruz tan pesada que por mí lleva, ¿cómo era posible me mostrase tan impaciente y mal sufrido? ¿Cómo era posible dejase de atravesar por todos los respetos humanos, para ponerme a su lado, como María, en la carrera de sus tormentos? Sigue a Jesús, alma mía, que por ti lleva su cruz.

3.º Jesús en medio de su fatiga levanta sus ojos para mirar y compadecer el interés de su afligida Madre. Esta le mira, y se deshace en lágrimas, y su corazón se trastorna dentro de sí misma, como dice el Profeta, porque está llena y colmada de amargura. ¡Oh, qué encuentro tan sensible y doloroso! Jesús padece por el dolor de su Madre, María se aflige por los tormentos de su Hijo, y ambos padecen lo que mis culpas merecen. ¿Sólo yo no muero de dolor? ¡Oh, Jesús, oh, María!, dignaos ambos mirarme también a mí, para que vuestra mirada me haga correr tras de vosotros. Sí, ya quiero en lo posible ayudaros a llevar la cruz, abrazándome gustoso con la mía. Mis ojos en adelante no se han de entretener en la vanidad, miraré con amor y compasión a mi Jesús, y le seguiré, como María, hasta el monte de la mirra.

AFECTO

¡Oh, María!, Madre afligida y penetrada de dolor en el encuentro de vuestro Hijo, admitid mis pobres homenajes. Yo que soy la causa de vuestra aflicción y de los tormentos de Jesús, soy el que debo padecer, y cuando menos acompañaros en vuestras penas. Enseñadme el camino de la cruz, llamadme a vuestro lado, y con Vos seguiré a mi Redentor, y no me apartaré de sus huellas ensangrentadas. Junto a Vos, Madre mía, y junto a Jesús, concebiré un odio implacable al pecado, y huyendo de él, caminaré con esfuerzo por el camino de la penitencia, hasta crucificarme y morir con Jesús.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Eja mater, fons amoris, me sentire vim doloris fac, ut tecum lugeam.

Oh, Madre, fuente del amor, haz que yo sienta la fuerza de tu dolor para llorar contigo.

OBSEQUIO

Meditar durante un cuarto de hora, por lo menos, el dolor de María en el encuentro de Jesús.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Así como es una prueba de amor acompañar a María en sus gozos, así también lo es aún mayor estar a su lado, compadecerla y consolarla en sus penas, haciéndose partícipe de ellas. He aquí la causa de la devoción que a sus dolores tienen todos sus amantes. La misma Santísima Virgen lo dijo a Santa Brígida: «Al menos tú, hija mía, no apartes de tu consideración mis dolores, y acompáñame con tu tristeza y aflicción.» Estas palabras de María fueron tan persuasivas, que aquella Santa, y con ella todos los que aman a la Virgen Santísima, procuran ocuparse en la meditación de sus dolores. El beato Nicolás Factor, deseoso de padecer con Jesús y con María, pidió a esta Señora algún trabajo para corresponder a los tormentos que por él padeció su divino Hijo, y lo consiguió. Recordar los dolores de María, detestar las culpas que fueron causa de ellos, y protestarle un eterno amor: he aquí una prueba sincera de devoción a esta Señora.

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