
DIA 22 DE MAYO
Dolor de María Santísima en la muerte de Jesús
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María Santísima a impulsos del amor más fuerte, se presentó en el monte Calvario para acompañar y compadecer las últimas penas de su Hijo. Al oír los golpes del martillo, cuando enclavaban a Jesús en la cruz, queda traspasada de dolor, y muriera también en tanta pena, a no confortarla el Espíritu Santo. El amor verdadero se cría y se aprende en el Calvario. ¡Conozco mis pecados, y está mi corazón más duro que aquellos clavos! Si no tengo espíritu para desear padecer mucho por Jesús, ¿no he de tener compasión al verle crucificado por mi amor? ¿Qué mejor muestra puedo darle de mi reconocimiento, que no ofenderle ya con advertencia, y crucificar con la penitencia todos mis afectos desordenados?
2.º María Santísima ve a Jesús pendiente de la cruz: se reanima, se pone en pie junto a ella, y muy atenta escucha sus palabras postreras. Le oye perdonar a sus enemigos, y al buen ladrón: admite el encargo de madre de Juan, y de todos los mortales: le ve desamparado y sediento, y que su obediencia ha consumado nuestra redención; le oye encomendar su espíritu en manos del Padre celestial; le ve inclinar la cabeza, y que espira en el colmo del dolor y del abatimiento. María queda anegada en un mar de amargura: quisiera, si fuese posible, morir juntamente con su Hijo. ¡Ah!, cuán caros cuestan a María los pecados de los descendientes de Adán. Madre mía, si yo soy uno de estos miserables, ¿cómo os consolaré? Si yo he crucificado a Jesús, ¿cómo me atreveré a presentarme a Vos? Oh, Señora, sólo me anima el ver que el mismo Jesús os ha hecho Madre mía. Permitidme que os llame con este dulce nombre, y os diga con Jesús: Madre mía, ved aquí vuestro hijo, salvadme.
3.º María Santísima, extática en la contemplación más amarga, ve a un soldado que abre el costado de su difunto Hijo. ¡Qué dolor tan extraordinario! Las entrañas de la Madre quedaron también traspasadas a vista de tanta crueldad y fiereza. La pena de María no se puede expresar. Corre, alma mía: aprovecha este precioso momento. Convéncete de una vez del amor que Jesús te tiene. Mira su costado abierto, y franca la entrada a su divino corazón, a la fuente del amor: aún mana la sangre y agua de su costado herido. María te ayudará, porque es tu Madre; y ya que ha perdido a Jesús, quiere salvarte a ti. Entra en esa piscina, lávate con este bálsamo de vida, y desaparecerán las feas manchas de tus flaquezas, y quedarás más blanca que la misma nieve.
AFECTO
¡Oh, María, Reina de los Mártires! Yo os contemplo al pie de la cruz, abismada en un mar de amargura. Las olas de la tribulación han penetrado hasta vuestra alma, y la espada que anunció Simeón se ha clavado en vuestro corazón. Jesús ha muerto, y os ha dicho que sois mi Madre. Yo no merezco este honor, porque soy el verdugo de vuestro Hijo y de Vos misma; pero no soy yo quien lo dice: es vuestro Jesús, y por esto me atrevo a daros este nombre. ¡Oh, Señora!, ejerced conmigo los oficios de madre, y enseñadme a practicar con Vos los deberes de un hijo amante, de un hijo fiel y cariñoso que todo lo sacrifica por su madre. Hacedme justo, Madre mía, hacedme santo.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
O Maria! Ecce filius tuus.
¡Oh, María! Mirad que soy vuestro hijo.
OBSEQUIO
Rezar tres Salves en memoria de las tres horas que María Santísima estuvo al pie de la cruz, presenciando la agonía de su Hijo, meditando al mismo tiempo en sus dolores.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Hoy reconocemos en María el título consolador de Madre de los pecadores, que recibió al pie de la cruz de su Hijo. ¿Qué cosa mejor harán, pues, sus devotos que elegirla por su Madre, y portarse con ella como hijos? Santa Teresa, siendo aún niña, cuando vio morir a su madre natural, corrió a los pies de María, y consagrándose a Ella, le pidió se dignase ser su madre, y lo consiguió. San Luis Gonzaga le daba también este nombre, y no podía hablar de ella sin una emoción extraordinaria. San Estanislao, a quien esta Señora se había aparecido con su Hijo, la amaba tan tiernamente, que no se cansaba de publicar sus glorias. Preguntándole en cierta ocasión un Padre, compañero suyo, yendo juntos a visitar una imagen de María, si la amaba: Padre, respondió, ¿qué más puedo deciros? es mi Madre. Y dijo estas palabras con tal ternura, que parecía más bien un ángel que un hombre que hablaba del amor de María. ¡Oh, qué felicidad la nuestra de tener a esta Señora por Madre! ¡Cuántas bendiciones recibiríamos, si la respetásemos y amásemos como tal, renovando de tiempo en tiempo nuestra consagración y entrega en sus manos!