Amadores de Cristo

DIA 23 DE MAYO

María Santísima con Jesús difunto en sus brazos

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María Santísima, sin perder un punto de vista el difunto cuerpo de Jesús, ve acercarse a la cruz a José y Nicodemus, varones tan nobles como piadosos, que con el mayor cuidado y decoro desclavan el sagrado cuerpo, para ponerlo en brazos de su Madre. Así comenzaba el Padre celestial a honrar a su Hijo después de las ignominias de la Pasión, si bien este consuelo preparaba nuevo dolor a la afligida Madre. Alma mía, ¡cuán bueno es esperar en Dios! ¡Cuán bueno fiar nuestra causa a su cuidado! En los golpes más duros, en los reveses más fuertes, ¿por qué hemos de mirar tanto nuestros males, cuando apoyándonos en Dios, y dejando en sus manos nuestra causa, es como podremos salir salvos y con victoria?

2.º María Santísima recibe en su regazo el divino cuerpo de Jesús. Si no fuese madre, ¿cómo pudiera conocerle? Todo cubierto de llagas, sus huesos todos descoyuntados, herido como un leproso… Vayamos, alma mía, a los pies de María, y miremos este modelo de caridad, de humildad y de paciencia. En verdad, Jesús mío, habéis cargado con todas nuestras enfermedades, habéis sufrido todos los dolores que merecían mis pecados. ¡Oh, si yo muriese de dolor al ver a mi Criador y Redentor todo desfigurado y afeado! ¡Cómo tendré alegría al verme acusado de mis propios delitos, que me dicen: tú eres la causa de este sacrificio tan sangriento!

3.º María Santísima, hecha un mar de lágrimas, limpia con el mayor aseo y reverencia el sagrado cuerpo de Jesús. Esta amorosa Madre es quien le cierra los ojos y la boca, le mira sin distraerse, le adora y le besa como ahogada de dolor. Juan, Magdalena, los varones piadosos que le han de dar sepultura, las mujeres que acompañaban a María, todos lloran con Ella. Los ángeles que asisten, si fuesen capaces de lágrimas, las verterían muy abundantes al ver la pena de su Reina y Señora. ¿Sólo mi corazón no se conmueve? ¿No lloro al ver el cuerpo difunto de mi Redentor Jesús? Madre mía, alcanzadme un grande afecto de compasión, y lágrimas abundantes para que toda mi vida llore haber sido, con mis pecados, causa de la muerte de Jesús.

AFECTO

¡Oh, María! Jesús ha pasado de los brazos de la cruz a los vuestros. ¡Oh, qué ideas tan consoladoras me inspira este cambio! Él ha muerto como víctima para salvarnos; su sangre es el precio de nuestra salud; sus llagas la prenda de nuestra reconciliación. Esa prenda, ese precio y esta víctima está en vuestros brazos; Vos sois la depositaria de ella, para presentarla al Padre Eterno, y al mismo tiempo sois mi Madre. Si yo me llego a Vos cubierto de las llagas de mis culpas, ¿dejaréis de poner en ellas el bálsamo derramado para curarlas? Si me veis esclavo de mis pasiones, ¿dejaréis de ofrecer al Padre Eterno el precio de mi rescate puesto en vuestros brazos? No es posible, Madre mía; y esto me anima a venir a Vos. Ved mis llagas, curadlas; ved mis cadenas, rompedlas; ved mi alma, salvadla, pues en vuestras manos está su salud y la prenda de su salvación.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Oh, María! fac me tecum plangere, et Christi plagas recolere.

¡Oh, María!, haced que con Vos llore y adore las llagas de Jesús.

OBSEQUIO

Rezar cinco Padrenuestros y Avemarías en reverencia de las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo; pidiendo a María Santísima nos alcance por ellas el perdón de nuestras culpas.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

No puede llamarse verdaderamente hijo de María el que no cumple con Ella todos los oficios de tal, y principalmente el que no le profesa un amor entrañable, tierno y dulce, correspondiendo al de esta Madre bondadosa. Muchos son los ejemplos de este amor que nos ofrecen las historias de los hijos de María, y de los cuales hemos citado algunos, y vamos a insertar otros aún más notables. San Felipe Neri hallaba todos sus consuelos en hablar de esta Señora, llamándola su delicia. San Buenaventura, no contento con llamarla su Señora y su Madre, llegó a decirle, que ella era su corazón y su alma. San Bernardo decía que le había robado el corazón. San Luis Gonzaga, sólo con oír su nombre se abrasaba en llamas de amor, y se le ponía el rostro encendido; y finalmente, San Francisco Solano se ponía a veces a cantar coplas con instrumentos músicos delante de una imagen de la Santísima Virgen, diciendo que quería imitar a los amantes del mundo. Pero todo este amor es nada comparado con el que María merece como Madre nuestra, y comparado también con el que Ella nos tiene, porque no quiere ser vencida por nadie en el amor. El beato Alfonso Rodríguez, ocupado en actos de amor delante de una imagen de María, exclamó un día: «¡Oh, cuánto os quiero, Señora de los Ángeles y Madre de mi Dios! ¡Cuán grande es el amor que os tengo! ¡Oh, Señora; si Vos me amaseis tanto a mí!» Entonces María, como ofendida en punto de amor, le dijo: «Eso no, Alfonso. ¡Cuánto mayor es el amor que yo te tengo del que tú me tienes! Sepas que no hay tanta distancia del Cielo a la Tierra, como de mi amor al tuyo.» ¿Quién, pues, creerá ya amar bastante a María Santísima? ¿Quién se cansará de darle pruebas de amor?

Nadie, nunca, alcanzará ni la milmillonésima parte del amor que María Santísima nos tiene, ya que Ella nos ama con el mismo Amor de Dios, sin merma alguna, pues es un Espejo purísimo que está reflejando continuamente el Amor que recibe de Dios. (Nota de Amadores de Cristo.)

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