
DIA 26 DE MAYO
Gozo de María en la Ascensión de su Hijo
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María Santísima acudió muy puntual, con los apóstoles y discípulos del Señor Jesucristo, para estar presente en la despedida y Ascensión de su Santísimo Hijo. Jesús aparece en el monte Olivete lleno de hermosura y majestad. Se despide muy dulcemente de su Madre y de sus apóstoles: les dice palabras del mayor consuelo, y a vista de aquella santa multitud, eleva sus manos, les bendice, y comienza a subir al Cielo por su propia virtud y poder. ¿Quién es el que sube al Cielo, sino el que ha bajado del Cielo? Y, ¿qué es lo que nos puede llevar al Cielo? La protección de María. Sí: no hay duda en ello; pero será siguiendo sus pasos, copiando sus ejemplos. María vivió en la Tierra; pero su trato fue con los ángeles del Cielo, sus palabras todas del Cielo, sus pensamientos siempre fijos en el Cielo. ¡Oh, María!, compadeceos de mí, que tan poco he hecho para lograr esta dicha. Mi misma miseria muévaos a compasión. Nada he hecho para ganarme esta corona; si os interesáis por mí, me enmendaré de veras, y algún día estaré con Vos en el Paraíso.
2.º María Santísima ve con la mayor atención como penetra Jesús las nubes. Ve, con ojos muy claros, como resplandece la carne glorificada de Jesús; aquella carne formada de su misma sangre, en sus entrañas por virtud del Espíritu Santo: mira las llagas resplandecientes de Jesús. Ahora que todo lo embellece y hermosea, es cuando María, derretida en dulces lágrimas, está anegada en gozo, pues ve a su Hijo como sube glorioso a recibir el premio de sus humillaciones y trabajos, y a ocupar su trono para abogar con el Padre celestial por los mortales. Cierto es que, si padecemos con Jesús, también con Él seremos glorificados. Los que siembran con lágrimas, recogen con gozo su cosecha. ¡Ah, si yo me hubiese aprovechado de estos principios infalibles! ¡Cuán hermosa se me habría ya preparado la corona! Jesús mío, no rehusaré más el padecer. Por María, vuestra Madre, os pido esfuerzo para llevar bien la cruz de mis trabajos, y así lograr la dicha de veros y poseeros eternamente.
3.º María Santísima queda como suspensa, fijos sus ojos en el Cielo. Pero Jesús ha penetrado las nubes: ya está lleno de gloria a la diestra del Padre celestial: ya está abogando por nosotros. ¡Oh, María!, Vos quedáis huérfana, y en medio de vuestro gozo tan grande, nadie puede llenar el vacío en que os deja Jesús. ¡Qué consuelo para la Madre si hubiese ido con su Hijo a ver su triunfo y a disfrutar de su gloria! Pero la Iglesia naciente necesitaba, para mucho tiempo, de la presencia consoladora de María. Se retira, pues, al Cenáculo con aquella devota muchedumbre para cumplir la voluntad de Jesús, que les mandó antes de su partida que estuviesen retirados en la ciudad, hasta que fuesen vestidos de la virtud de lo alto. María persevera en la oración, y anima a perseverar en ella a todos los reunidos en la casa. También nos enseña lo mismo a nosotros, alma mía, porque si hemos de recibir el Espíritu Santo, sólo en el retiro, y con el corazón alejado de las criaturas, lo podremos lograr.
AFECTO
¡Oh, María!, Vuestro Hijo está ya en el Cielo, y entra en posesión del reino conquistado con su muerte. ¡Oh, qué día tan alegre para Vos!, ¿podréis en él mirar con indiferencia a los que quedamos huérfanos fluctuando en el mar de las tentaciones de esta vida? Alcanzadnos la gracia de tener parte en las bendiciones que derrama hoy vuestro Hijo; pero, sobre todo que, como Rey del Cielo y de la Tierra, reine en nuestras almas, y con su reino de paz y de amor nos una de tal modo con su Corazón que, como Vos, no teniendo ya cosa alguna que nos detenga en la Tierra, tengamos siempre nuestra conversación en el Cielo, y deseemos siempre, como el Apóstol, disolvernos por la muerte y estar con Cristo.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Oh, María! fac me cum Christo in æternum gaudere.
¡Oh, María!, alcanzadme que me goce con Cristo eternamente.
OBSEQUIO
Rezar todos los días la oración de San Bernardo: Acordaos, etc. (Memorare), para alcanzar una buena muerte.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Así como los amantes del mundo se complacen en tener siempre ante sus ojos el retrato de la persona a quien aman, porque les recuerda sus perfecciones, así también los hijos de María procuran siempre tener alguna imagen de esta Señora, que les haga presente sus bondades, sus perfecciones y su amor. Pero no se contentan sólo con tenerla, sino que la veneran y respetan como una figura de su Madre y protectora, que les sirve de escudo contra los ataques del infierno. San Francisco de Paula tenía en su celda una pequeña efigie de María Santísima, que no quiso ceder al Rey de Francia, a pesar de ofrecerle por ella una cantidad exorbitante de dinero; con lo cual movió al Rey a llevar también consigo una imagen de la Santísima Virgen. San Carlos Borromeo, no contento con obsequiarla privadamente en sus imágenes, mandó ponerlas en la puerta de todas las iglesias, y exhortaba a todos a llevar encima una pequeña imagen de esta Señora. El Padre Sebastián Barrada, de la Compañía de Jesús, no permitía que fuese despreciada estampa alguna de María Santísima, o colocada en lugar menos honesto, de modo que hasta los pedazos de ellas recogía y guardaba en su Breviario. San Alfonso de Ligorio desde su infancia llevaba también consigo una pequeña imagen de María, a quien acudía en todas sus necesidades, recibiendo favores especiales. La utilidad de esta devoción la comprueba aquel ermitaño a quien el demonio prometió dejaría de molestarle con tentaciones impuras, si consentía en quitar de su celda una imagen de María que allí tenía, con lo cual se movió más y más a amarla y conservarla. ¡Oh, qué bien defendidos estaríamos con tal escudo, mientras lo tuviésemos con santa intención y respeto!