Amadores de Cristo

DIA 28 DE MAYO

Vida pública de María Santísima

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María Santísima con razón es saludada como Virgen singular; no sólo porque reunió a su purísima virginidad la fecundidad de madre, sino que también porque su vida y sus acciones son ejemplo y modelo singular para todos los estados. La vigilancia con que guardó y hermoseó su pureza, es y será la lección con que todas las vírgenes aprendan a guardar el más precioso tesoro, para ser santas en el cuerpo y en el espíritu. Su retiro, su oración, sus vigilias, su sobriedad y templanza en la comida y en el sueño, su aplicación a la lección de las santas Escrituras, convida a las vírgenes a imitarla. ¡Oh, Virgen pura!, alcanzadme de Jesús espíritu de mortificación, para que mi carne esté siempre sujeta al espíritu, y mis pensamientos no se detengan, ni aun momentáneamente en el lodo pegajoso de esta vida.

2.º María Santísima se desposó y contrajo verdadero matrimonio con el Patriarca san José, bien certificada de que esto no sería con quiebra de su virginidad, y de que así lo quería la voluntad divina. Al cuidado de su alma, nunca interrumpido, añadió el de su santo Esposo. Obediencia, fidelidad, humildad, laboriosidad, el mayor esmero y aseo en todo lo doméstico: éstas fueron las dotes de la Virgen, esposa de José. Dios a todos llama a su conocimiento y amor; pero en diferentes estados, pues son muchas las mansiones de la casa del Padre celestial. Si quiero, pues, esfuerzo para llevar bien las cargas de mi estado y vocación, imitaré el ejemplo de María. Cuidaré de mi alma, según el orden de la caridad, antes que de las de los otros; practicaré las virtudes que Ella me enseña, y dirigiré como Ella todas mis acciones a la gloria de mi Criador.

3.º María Santísima, viuda por la feliz muerte del patriarca san José, siguió fiel en el servicio de Jesús, su divino Hijo, hasta que subió al Cielo; y sola ya en la Tierra, servida y acompañada del apóstol y evangelista san Juan, que la miraba como madre, se ejercitó, para ejemplo de las viudas, en todo género de obras de caridad, con general consuelo de cuantos la trataban. Visitaba frecuentemente los lugares donde el Señor Jesucristo padeció y obró nuestra redención, y allí se derretía en suaves lágrimas aquel corazón generoso, que mejor que nadie penetraba tan profundos misterios y sabía estimarlos debidamente, exhalándose en continuo hacimiento de gracias. Una no más os pido, Madre mía amantísima, que me alcancéis de Jesús fortaleza para no pegarme a los consuelos momentáneos de esta vida, ni perturbarme en sus trabajos, siendo siempre el blanco de mis pensamientos la memoria de los misterios de nuestra redención.

AFECTO

¡Oh, María, espejo de justicia, modelo perfectísimo de todos los estados de la vida! Cuando mi alma contempla la grandeza de vuestras virtudes, conoce su pequeñez, y no se atreve a fijar en Vos los ojos porque les deslumbra vuestro brillo. Yo, sin embargo, debo imitaros como hijo vuestro. ¿Quién mejor que Vos podrá enseñarme a seguir vuestros pasos? Atraedme con el olor de vuestros aromas; con luz del Cielo hacedme conocer vuestras perfecciones, y con gracia eficaz ayudadme a copiarlas en lo posible, para que mi alma, adornada de la variedad de virtudes, merezca ser objeto de vuestras complacencias y las de vuestro Hijo en el tiempo y en la eternidad.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

O Maria! fac nos in divino amore ferventes.

¡Oh, María!, hacednos fervorosos en el amor a Dios.

OBSEQUIO

Rezar diez Avemarías en memoria de las principales virtudes de María Santísima.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

El amor de los siervos y devotos de María nunca ha dejado de encontrar nuevos modos de honrarla y obsequiarla. Tales son, por ejemplo, las coronas o especie de rosarios que su fervor les hacía inventar para manifestarle su amor y honrarla por sus privilegios, como la coronilla de la Inmaculada Concepción, la de los Dolores y otras varias. San José de Calasanz dispuso que sus hijos, los clérigos de la Madre de Dios, rezasen la coronilla de los cinco salmos que principian por las letras del nombre de María. Santa Juana Francisca Fremiot rezaba todos los días la coronilla de las virtudes de María, compuesta de un Padrenuestro y diez Avemarías, en memoria de estas virtudes principales, a saber: pureza, piedad, prudencia, humildad, obediencia, sinceridad, pobreza, caridad, conformidad y paciencia. Los beatos Juan Berchmans y Carlos Spínola rezaban otra en memoria de los nueve meses que Jesús estuvo en el seno de María Santísima, repitiendo otras tantas veces el Avemaría con el verso: Bienaventuradas son las entrañas de María Virgen, que llevaron al Hijo del Eterno Padre. El venerable Padre La Puente rezaba también el Rosario invocando en cada decenario a un coro de ángeles o de santos, para que de este modo fuese más acepto a la Santísima Virgen, y finalmente santa Liduvina pedía a su ángel de guarda se encargase de presentar sus oraciones a María. ¡Oh, cuántos medios de honrar a María Santísima y atraerme sus miradas me ofrecen sus devotos!

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