
DEDICATORIA
A MARÍA VIRGEN, concebida sin pecado,
Toda hermosa y sin mancha a los ojos de Dios,
Fuente sellada por toda la Beatísima Trinidad,
Huerto cerrado donde sólo entra el Rey inmortal de los siglos,
Paraíso del Adán celestial defendido con espada de fuego, para que no le inficione la culpa original,
A la Hija, Esposa y Madre de Dios,
A la Reina de los Ángeles y de los hombres.
A la Madre de los pecadores.
SEÑORA:
Mi alma ha recibido de Vos inmensos y singulares beneficios , que han labrado mi felicidad sobre la tierra, y espero me harán feliz en la eternidad. ¿Qué os daré, pues, Madre mía, reconocido a tantos favores? Mi corazón ya es vuestro, pero es muy pobre; y aun cuando os amase mil veces más de lo que os ama, os amaría muy poco. Mi entendimiento, mi memoria, mi voluntad, mis talentos, mi cuerpo y mi alma están ya consagrados á Vos; pero todo es como nada, para lo que Vos merecéis y lo que yo os debo: pues os lo debo todo, y Vos merecéis el amor de todo un Dios. Yo quisiera ofreceros los corazones de todos los hombres, haciendo que todos me ayudasen a amaros, y quiero emplearme toda mi vida en lograrlo cuanto pueda.
Ved aquí, Señora, el fin que me he propuesto al formar este ramillete de flores místicas. Vos sabéis que mi único deseo es que los hombres os conozcan, os admiren, os amen y os imiten. Yo he puesto los medios, haced Vos que se logre el fin. Aceptad mi pobre obsequio, y dad vuestra bendición a este librito, para que cada una de sus palabras sea una flecha ardiente que hiera el corazón de los cristianos, y los haga hijos amantes del vuestro. ¡Oh, María! Bendecid a cuantos le tomen en sus manos; bendecidme a mí, que os lo ofrezco en testimonio de mi gratitud y mi amor, y me creeré con esto recompensado con largueza. Si queréis que os pida más, os suplico, Madre mía, que no perezca ninguna alma que os ofrezca en vuestro mes este ramillete de flores; que no perezca tampoco yo, que con este libro deseo atraeros nuevos amantes. Os pido esta gracia, porque sé que podéis concedérnosla, puesto que en vuestras manos está nuestra salud.
Ea pues, Señora, acoged benigna mi súplica, aceptando el cortísimo obsequio que consagrándoos esta obrita os hace vuestro indigno esclavo.
B. S.