Amadores de Cristo

DIA 4 DE MAYO

Presentación de María en el Templo

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º En la edad más tierna dejó María la compañía de sus padres y, presentada por éstos en el templo, se consagró al servicio del Señor, deseosa de vivir sólo para Dios. Ilustrada por la gracia conocía a Dios, conociéndole le amaba, y amándole no podía menos de obedecer a su voz que la llamaba, y la decía: Oye, hija: inclina tu oído a mi voz, y olvida a tu pueblo, y la casa de tu padre, y deseará el Rey tu hermosura. ¡Con qué prontitud obedeció María a la voz del Cielo!

Alma mía, ¡cuántas veces te ha llamado Dios a su amor, y has desatendido su llamamiento! Si sólo en Dios puede descansar nuestro corazón, ¿cómo he ansiado tanto entretenerme con las criaturas?

2.º María renunció todas las conveniencias temporales para vivir cerca del tabernáculo del Señor. Era una niña, y en una edad tan tierna no vaciló en desprenderse de sus padres, de sus parientes, y de todo cuanto el mundo podía ofrecerle, reputándolo todo como nada a trueque de poseer a Dios, y diciendo en su corazón como David: Más quiero vivir en la abyección y abatimiento en la casa del Señor, que habitar con la mayor fortuna en los tabernáculos de los pecadores. ¡Tales fueron los sentimientos de María en su consagración! ¡Qué fe tan viva, qué sacrificio tan perfecto, qué amor tan ardiente!

Imita, alma mía, a esta niña, consagrándote de veras a tu Dios, y renovándole la entrega que de ti le hiciste en el bautismo.

3.º María al presentarse en el templo no buscó sino medios para unirse más perfectamente con Dios. El Señor la llamaba a la soledad para hablar a su corazón, e iniciarla en los secretos de su reino, preparándola para la ejecución de los decretos de su misericordia, y María se entregó enteramente a su voluntad.

Acaso sin tantos sacrificios como María, podría yo corresponder a los designios de Dios sobre mi alma, si me aprovechase de las inspiraciones divinas. ¡Ah! Si he de ser todo para Dios, ¿por qué voy negándole lo que me pide?

AFECTO

¡Oh, María!, vuestra consagración a Dios, presentándoos en el templo, me admira, y confunde mi tibieza. Tantos años hace que me presenté al Señor, y me hice suyo en el bautismo, ¡y aún no le he dado un dominio entero sobre mí! Vos, que al comenzar la carrera de vuestra vida escogisteis la mejor parte, alcanzadme un entero desprendimiento de cuanto halague los sentidos y el amor propio, para buscar día y noche con perseverancia los medios de cumplir lo que Dios pide a mi corazón.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia del Señor.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos, ¡oh, María!, las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno del Señor.

Amén.

JACULATORIA

Tuus sum ego, salvum me fac!

¡Oh, María, tuyo soy, sálvame!

OBSEQUIO

Renovar las promesas del Bautismo delante de una imagen de María Santísima, pidiéndole su bendición y su asistencia para cumplirlas fielmente.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos, para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de cielos y tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien el Señor ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los Pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Consagrarse a María es una de las prácticas más útiles al cristiano, y que le aseguran más la protección de esta Señora. San Esteban, rey de Hungría, célebre por su devoción a la Santísima Virgen, no contento con declararse siervo de María, la hizo Señora de todo su reino, promoviendo más y más su devoción entre sus vasallos que, como él, la saludaban de rodillas con el título de Gran Señora, nombre que daban también a la fiesta de su Asunción.

El Padre Jerónimo de Trejo se había consagrado a María, y se gloriaba de llamarse esclavo suyo, visitando en calidad de tal su iglesia, cuyo pavimento besaba con lágrimas, entre otros ejercicios de humildad, llamándola casa de su Señora. Finalmente, el beato Alfonso Rodríguez renovaba sus votos diariamente en la presencia de la Santísima Virgen, diciendo algunas veces: «Jesús y María, haced de mí lo que os agradare, que yo os he de servir por quien sois.» Si imitamos a estos Santos, el demonio respetará nuestra alma como propiedad de Jesús y de María.

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