
DIA 11 DE MAYO
La Visitación de María Santísima a santa Isabel
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María, tan amante del retiro, no dudó sacrificar su inclinación para ocuparse en una obra de caridad. El Arcángel le había dicho que su prima santa Isabel había concebido en su vejez, y esto le bastó para creerse obligada, como más joven, a servirla. Al momento deja su casa, y camina presurosa a la montaña, haciendo un viaje de tres días para ejercitar su caridad. La prisa con que la Virgen Santísima deja su retiro, para servir a santa Isabel nos enseña la prontitud con que debemos dejarlo todo para hacer bien al prójimo. No te detenga, alma mía, la necesidad de dejar tus acostumbrados ejercicios, ni los trabajos corporales. El que obra por caridad halla a Dios en todas partes, y en todos los oficios, porque Dios es la misma caridad.
2.º María al llegar a casa de Zacarías se adelanta a saludar a Isabel, creyendo, en su humildad, que debía ser la primera en hacerlo. En el momento mismo, el niño Juan fue santificado, y dio saltos de gozo en el vientre de su madre, y ésta quedó llena del Espíritu Santo. Las palabras de María produjeron efectos tan maravillosos, porque eran hijas de su humildad sincera, de la rectitud de su corazón, y, como todas las suyas, se dirigían a glorificar a Dios y santificar al prójimo. ¡Ah, cuán diferentes efectos producen mis palabras! ¡Cuántas de ellas en vez de santificar a mi prójimo le habrán escandalizado, porque nacían cuando menos de mi ligereza y poca humildad!
3.º Isabel, llena del Espíritu Santo, conoció la dignidad de María y exclamó: ¿De dónde merezco yo que la Madre de mi Señor venga a mi casa? Entonces María se humilló más, atribuyendo a Dios todo lo que era, con el sublime cántico que la Iglesia repite todos los días, y perseveró tres meses en casa de Isabel, sirviéndola con humildad, y contribuyendo al provecho espiritual de aquella familia. Alma mía, mírate en el espejo de la caridad y humildad de María, y acostúmbrate a referir a Dios cuanto en ti encuentres de bueno, no viendo en ello, como María, sino un medio más para hacer, en todo, la voluntad de Dios, y ayudar a la santificación de tus prójimos.
AFECTO
¡Oh, María!, si vuestra humildad me confunde, vuestra caridad me admira, y ambas virtudes atraen mi corazón hacia Vos. Enseñadme a practicarlas sin cesar, y a hacer todas mis cosas por amor a Dios, y para glorificarle, y por amor también a mis prójimos. Grabad en mi corazón las palabras del sublime cántico de acción de gracias que dirigisteis a Dios, y enseñadme a comprenderlas y a repetirlas con amor todos los días de mi vida, dando a Dios sinceras gracias por los beneficios que os hizo a Vos, y por los que me hace a mí; y ayudadme en fin a desasirme enteramente de mi voluntad, para que diga siempre con verdad: Hágase, Señor, en mí vuestra santísima voluntad.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
O Maria, spes nostra! ad te clamamus, salva nos.
¡Oh, María, esperanza nuestra!, a ti clamamos, sálvanos.
OBSEQUIO
Contemplar una imagen de la Virgen Santísima, pidiéndole nos alcance de Dios el don de la perseverancia.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Las personas del mundo procuran visitarse con frecuencia para disfrutar del placer que les causa, mutuamente, su vista y conversación. Así también los amantes de María se complacen en visitarla con frecuencia en sus templos, formando su corte para obsequiarla y pedirle mercedes. San Alfonso de Ligorio, no contento con hacerlo, escribió un librito para fomentar en los fieles la devoción de visitarla diariamente. San José de Calasanz reunía a los niños todos los domingos para visitar a la Virgen Santísima, a quien había consagrado sus colegios, haciéndoles cantar el Rosario y Oficio parvo. San Enrique emperador, lo primero que hacía al entrar en una ciudad era visitar una iglesia de María Santísima. Lo mismo observaba el padre Tomás Sánchez, de la Compañía de Jesús, cuantas veces salía de casa. El Beato Berchmans, siendo niño, cuando volvía de la escuela a su casa, y no le abrían pronto la puerta, se entraba en una iglesia inmediata y se entretenía en rezar el Rosario. Finalmente, el beato Alfonso Rodríguez, cuando había de salir del colegio, visitaba antes al Santísimo Sacramento, y pedía su bendición a la Santísima Virgen, para no ofender a Dios en aquella salida, volviendo después a darle gracias. ¡Cuántos pecados evitaríamos imitando a estos y otros siervos de María, en prácticas tan sencillas que los santificaron!