
DIA 13 DE MAYO
Viaje de la Santísima Virgen a Belén
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María y José vivían en Nazaret, y veían acercarse la época feliz del nacimiento del Mesías: todo hacía creer que aquella ciudad tendría la dicha de ser su cuna; pero los Profetas habían anunciado que nacería en Belén, y Dios dispuso las cosas de modo que así fuese. El Emperador romano, deseoso de saber el número de sus vasallos, manda que todos se empadronen en el lugar de donde traían origen sus familias. María y José eran oriundos de la casa de David, y debían, según este mandato del César, trasladarse a Belén, ciudad de aquel Rey en la tierra de Judá; y he aquí como se prepara el cumplimiento de las profecías por un medio al parecer tan extraño. Dios lo había sin embargo dispuesto, porque inclina según su voluntad el corazón de los reyes. ¡Oh, cuán incomprensibles son los juicios de Dios! Aprende, alma mía, a mirar todos los sucesos, como dispuestos por la Providencia para nuestro bien, y para el cumplimiento de sus designios.
2.º María se hallaba en los últimos días de su embarazo cuando se publica el edicto del César, que le obliga a hacer un viaje largo y penoso en el rigor del invierno, con las privaciones de la pobreza, y donde verá nacer a su Hijo, con peligro de no tener lo necesario para Él, ni para sí misma. ¡Oh, qué motivo de aflicción para María, sabiendo que el Niño que lleva en su seno es nada menos que el Hijo de Dios! Sin embargo, no se queja de la Providencia, ni murmura de aquéllos cuyas órdenes la obligan a dejar su casa, ni pide a Dios alivio ni dilación alguna, sino que emprende el viaje con su esposo, sin detenerse en reflexionar sobre su estado. ¡Oh, qué obediencia tan heroica!, ¡qué sumisión tan completa a la voluntad de Dios! Aprende, alma mía, a obedecer en silencio y a no quejarte, como lo haces, de las disposiciones de la Providencia.
3.º María y José llegan a Belén, y se ven rechazados por sus parientes, a causa de su pobreza; se dirigen a un mesón o posada, y no hallan lugar en él, dice el Evangelio, por la multitud de los que iban a empadronarse. En tal estado se retiran a las afueras de la ciudad. Allí María, firme en la fe y en el amor a Dios, espera el momento de dar a luz a su Hijo en el desamparo de las criaturas, en la pobreza, y en la necesidad de albergarse en un establo, lugar que no se les disputa, por ser el más desacomodado y despreciable. ¡Cuántas veces, alma mía, vienen Jesús y María a tu corazón para habitar en él, y los desechas con tu soberbia y tu disipación, que te une a las criaturas! ¡Cuántas veces te priva Jesús de los consuelos temporales, y trata de desprenderte de las criaturas y ponerte en la soledad para nacer en tu corazón! No deseches en adelante estas disposiciones, y míralas siempre como el principio de grandes favores del Cielo.
AFECTO
¡Oh, María!, Virgen obedientísima y sumisa a la voluntad divina, en la rigurosa orden de dejar vuestra casa en tan críticas circunstancias: yo me complazco acompañándoos en espíritu en vuestro viaje a Belén, por las virtudes que me enseñáis. Os veo obediente al emprenderle; resignada en el cansancio y los trabajos del camino: humilde en los desprecios que se os hacen, y en todo fiel a los designios de Dios, que quería nacer en un establo. Comunicadme los sentimientos que entonces dominaban en vuestro corazón, para que, adornado con ellos el mío, merezca ser un albergue grato a vuestro Hijo; que lo escoja para su estancia, y en él se digne obrar sus maravillas.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Maria, trahe me post te in odorem unguentorum tuorum.
¡Oh, María, llevadme tras de Vos con el olor de vuestros perfumes!
OBSEQUIO
Rezar cinco Avemarías, pidiendo a María Santísima nos enseñe a aprovecharnos de las contradicciones y trabajos de la vida.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Al ejemplo puesto en el día anterior, para probar la utilidad de acudir a María en nuestras dudas, debemos añadir otros relativos al negocio más importante, del cual depende en cierto modo la salvación del hombre; esto es, la elección de estado. Siempre han acostumbrado los amantes de María pedirle su asistencia para acertar en esta elección. El venerable P. Jerónimo López, de la Compañía de Jesús, cuando era consultado sobre negocios de importancia, en especial sobre este de que tratamos, decía antes de responder: Vamos al altar de la Virgen para que nos guíe en este negocio. San Francisco de Borja manifestaba dudar de la perseverancia de los novicios que, al abrazar el estado religioso, no lo habían hecho bajo los auspicios de María Santísima. Por esto, san Luis Gonzaga, para decidirse a hacerlo, acudió antes a esta Señora, procurando obligarla con ayunos y mortificaciones, y con súplicas continuas, hasta que, en el día de su Asunción gloriosa, después de haber comulgado, obtuvo de la Santísima Virgen la seguridad de su vocación. ¡Cuánto menos expuestos a errar estaríamos imitando a estos Santos, que siguiendo las máximas del mundo!