Amadores de Cristo

DIA 15 DE MAYO

Generosidad de María en la circuncisión de Jesús

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María Santísima sabía muy bien que siendo su Hijo verdadero Dios, y autor de la gracia e inocencia, no estaba sujeto a la ley de la circuncisión. Pero advertida con luz superior y divina, a los ocho días del nacimiento de su Hijo, le ofrece a la circuncisión, pues esta nueva humillación, y este fuerte padecimiento, convenía al Salvador de los hombres. Alma mía, si hemos de ser del número afortunado de los discípulos de Jesús, hemos de arrostrar cualesquiera humillaciones y trabajos. ¡Ah, y cuánto se humillan y padecen los hijos del mundo por un sueño de placer, por un soplo de vanidad!

2.º María tiene en sus brazos a Jesús mientras el ministro le circuncida. La sangre preciosa de Jesús se derrama por la vez primera: sus lágrimas se mezclan con las de María traspasada de dolor, y esta sangre y estas lágrimas de Jesús forman las primicias del gran sacrificio a que se obligó en el momento de su Encarnación, y principian ya la expiación de nuestras culpas. Sólo falta que yo, pecador inmundo, llore amargamente mis extravíos, que hicieron derramar su sangre a Jesús a los ocho días de nacido. ¡Ah!, soy demasiado sensible en padecimientos momentáneos, ¿y no lo he de ser de veras, viendo tanto amor y dolor en mi Jesús?

3.º María, herida en el corazón por la dolorosa circuncisión de su Hijo, queda consolada y transportada de gozo al oír que se impone al Niño el Santísimo nombre de Jesús. ¿Cómo se ha de explicar la devoción, suavidad y contento que sintió María, cuando por la primera vez llama a su Hijo, Jesús? Ella sola comprendía perfectamente en la Tierra la grandeza de este nombre todo divino. Ella sola sabía hasta dónde llegaba su poder y su dulzura, y ella sola, en fin, veía en Él los efectos de salud y redención, que debía producir entre los hombres. Mi boca impura no merece articular el santísimo nombre de Jesús; pero como es mi dulce Salvador, le invocaré confiada y atentamente, y así me gozaré y me regocijaré en Dios, que es mi Jesús.

AFECTO

Oh, María, circuncidada en vuestro corazón, cuando Jesús lo era en su cuerpo, y que unisteis vuestras lágrimas al sacrificio de su sangre, cuando le veíais padecer bajo el cuchillo de la ley, sacrificad con el suyo y el vuestro mi pobre corazón; circuncidadlo Vos misma, arrancando de él todo afecto desordenado que no agrade a vuestro Hijo; selladlo como propiedad de Jesús y vuestra, con los nombres dulcísimos de ambos, y enseñadme a pronunciarlos con respeto y confianza, para que experimente y halle en ellos fortaleza, consuelo, paz y vida eterna.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

O, Maria! amplius lava me.

¡Oh, María!, lavadme más y más de mis culpas con la sangre que Jesús derrama en su circuncisión.

OBSEQUIO

Rezar cinco Padrenuestros y Avemarías en obsequio del dulcísimo nombre de Jesús, pidiendo a María que nos enseñe a pronunciarlo dignamente.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo y mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

Acostumbran los hombres del mundo no negar nada de lo que se les pide en nombre de las personas a quienes aman, creyendo darles en ello una prueba de su amor. Del mismo modo, los que se precian de amar a María Santísima, de ningún modo pueden acreditarlo mejor, que no negando cosa alguna que se les pida en nombre de esta Señora, no siendo en ofensa de Dios. Así lo practicaban san Gerardo y el P. Martin Gutiérrez, que aseguró después no haber pedido gracia alguna a la Santísima Virgen, que no la alcanzase. Entre los ejemplos más brillantes de esta práctica, se nos presenta el del sabio Alejandro de Ales. Deseaba éste entrar en la religión de Santo Domingo, para lo cual se estaba preparando, cuando un día le requirió un lego de la Orden de san Francisco en nombre de María, para que se hiciese franciscano. Al oír este nombre, que le era tan amable, como si toda su vida hubiera deseado la entrada en aquella religión, olvidó sus preparativos anteriores y vistió el hábito de san Francisco. ¡Ah!, cuántas bendiciones atraen a las almas estos pequeños sacrificios hechos en honor de María!

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