
DIA 19 DE MAYO
María Santísima huye a Egipto con Jesús y San José
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º La profecía de Simeón empieza a cumplirse. Herodes quiere acabar con Jesús, y manda degollar a todos los niños de los alrededores de Belén. Un ángel avisa a José, hecho custodio de María y de su Hijo, y le da la orden de marchar a Egipto para salvar su vida. Apenas oye María esta orden del Cielo, con el corazón traspasado de dolor, toma a su divino Jesús en sus brazos, y en el silencio de la noche deja su casa y pobrísimo ajuar, y emprende un viaje tan largo y penoso, por conservar el único tesoro que poseía en la Tierra. ¡Cuánta fe, cuánta obediencia en María! ¡Cuán rendida se muestra a las órdenes del Cielo! ¡Qué interés se toma por la preciosa vida de su Hijo! ¿Eres tú, alma mía, tan solícita en conservar la vida de Jesús en tu alma?; esto es, ¿en mantenerte unida con Él por la caridad? ¡Ah!, cuando se trata de conservar los bienes temporales, no se escasean sacrificios; pero cuando se trata de la gracia de Dios, todo nos parece mucho para defenderla.
2.º María Santísima, abrazada con Jesús, camina día y noche por los despoblados, sin comodidad, sin regalo, sin posada, sin pabellón donde abrigarse, siempre ansiosa de llegar a lugar seguro donde poder descansar con el tesoro de su alma. Su único anhelo es librarle de la persecución de sus enemigos, y salvar su vida. Si se me presentan trabajos y tribulaciones, no temerá mi corazón, mientras me conserve estrechamente unido a la voluntad de mi Jesús. Y aunque vaya por los desiertos de la sequedad y aridez de espíritu, y pase las noches de la oscuridad del alma, no temeré si me estrecho más y más con la voluntad de mi Dios. Por todo pasaré para conservar el tesoro de la gracia, y lograr mi salvación. Nuestra vida es un continuo viaje, y andamos siempre rodeados de peligros y de enemigos. ¡Feliz yo, si atravieso este camino llevando a Jesús dentro de mí!
3.º María Santísima llega por fin a Egipto, y su corazón se dilata viendo a Jesús libre y fuera del alcance de los tiros de Herodes. Contenta con esto, no echa de menos su patria, ni su casa, ni las cortas comodidades que en ella tenía. Tiene a Jesús consigo día y noche; le sirve y le cuida con más amor y esmero cada día, trabaja con sus manos para ayudar a su sustento, y le glorifica con sus ejemplos y sus palabras, que son la edificación de cuantos tienen la fortuna de tratarla. Alma mía, eres para el Cielo: no suspires por ninguna habitación de la Tierra, ni por ninguna felicidad o bienestar del mundo: mientras vivimos, estamos, como María, en un destierro. Vivamos, pues, como desterrados, y no queramos otro tesoro que el de Jesús, procurando en todas partes glorificarle con el buen olor de nuestra santidad.
AFECTO
¡Oh, María!, Virgen fortísima, que arrostrasteis tantas fatigas y peligros para salvar la vida de vuestro hijo Jesús, dignaos ser mi modelo en las persecuciones que el enemigo levanta contra el mismo Jesús, cuando por la gracia vive en mi corazón. Ayudadme a huir de sus lazos para vencer al demonio, a sufrir las tribulaciones, la pobreza y todos los trabajos, aborreciendo al mundo, y a negarme a todos los placeres para humillar mi carne, y vivir en la Tierra como en un valle de miseria, en un país de destierro, anhelando siempre por la unión con Jesús y con Vos en el Cielo.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Oh, Maria! Virgo potens, à periculis cunctis libera nos semper.
¡Oh, María!, Virgen poderosa, líbranos siempre de todos los peligros.
OBSEQUIO
Rezar una Salve, y la antífona Bajo tu amparo nos acogemos, pidiendo a María nos aparte de los peligros y ocasiones de pecar.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sea puro mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de cielos y tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Ni el celebrar las festividades de María, ni honrarla en los sábados, es bastante para sus siervos y devotos. De aquí, el saludarla repetidas veces entre el día para tenerla siempre propicia. Tales son: 1.° Las tres Avemarías que al levantarse y acostarse rezan sus devotos, añadiendo a cada una la oración: Por vuestra pura e inmaculada Concepción, Virgen María, haced puro mi cuerpo y santa el alma mía; pidiéndole después su bendición, como lo hacía siempre san Estanislao. 2.° Las tres salutaciones o Avemarías a la mañana, mediodía y noche al toque de oraciones, honrando la Encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de María. San Carlos Borromeo no se avergonzaba de bajar de su coche, o del caballo, al oír la campana para rezarlas de rodillas en la calle. 3.º La salutación que se le hace en todas las horas del día, como lo hacía el beato Alfonso Rodríguez, mereciendo por el fervor con que lo hacía, que le despertasen los ángeles de noche, al dar la hora. 4.º Al salir y entrar en casa, rezar una Avemaría delante de su imagen, para que nos libre de pecado dentro y fuera, besándole los pies, como hacen los Padres Cartujos. Si amásemos en verdad a María, ¡cuánto gusto hallaríamos en todas estas prácticas tan sencillas y piadosas!