
DIA 20 DE MAYO
María Santísima pierde a Jesús en Jerusalén
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María Santísima fue al Templo de Jerusalén con su divino Hijo, que tenía ya doce años, y con su santo Esposo, para celebrar la Pascua. Aunque era Madre del autor de las leyes, no se dispensó jamás de su observancia, porque anteponía a toda consideración la obediencia a las órdenes del Altísimo. He aquí, alma mía, donde se conocen las almas fervorosas. Si buscas excusas e interpretaciones en el cumplimiento de tus deberes, das una prueba de que, o no amas a Dios, o le amas con un amor muy limitado e imperfecto, dando la mayor parte a las criaturas. Poco os ama, Señor, dice san Agustín, el que ama otra cosa que a Vos, sin amarla por Vos.
2.º María creía que Jesús estaba con José en el templo, y el santo Patriarca se persuadía de que estaba con María; y, poseídos ambos de esta idea, no advirtieron su falta, hasta que se alejaron del lugar santo. Dios así lo dispuso para probar el amor de esta Madre, viéndose sin su Hijo. Llena entonces del dolor más sensible, le busca por todas partes con diligencia, y viendo que no lo encuentra, se humilla muy sinceramente, creyendo haberle perdido por su culpa. ¡Oh, si lo hiciésemos así en las sequedades y desolaciones de espíritu, y en cualesquiera trabajos de esta vida! ¡Sin ser inocentes, sin cumplir el lleno de nuestros deberes, tan fácilmente nos quejamos, tan pronto echamos la culpa de nuestros males a otros, sin querer reconocer que somos pecadores! Dios de misericordia, compadeceos de nuestra flaqueza.
3.º María Santísima, acompañada del santo patriarca José, tuvo por fin la dicha de hallar a Jesús en el templo, sentado en medio de los doctores, satisfaciendo maravillosamente a sus preguntas y escuchando lleno de saber y prudencia sus respuestas. ¡Oh, qué consuelo para María ver a su Hijo tan honrado! ¡Qué gozo para esta Virgen pura encontrar a Jesús, único tesoro de su corazón! Alma mía, si buscas a Jesús, ¿dónde podrás hallarle mejor que en el templo y en la oración? ¿Dónde encontrarás alivio a tus penas, sino en la presencia de Jesús? ¿Por qué, pues, en tus aflicciones buscas consuelo entre las criaturas, si vale más un día pasado en los atrios del Señor, que mil en otra parte?
AFECTO
¡Oh, María, Madre diligentísima en buscar a vuestro Hijo!, al contemplar vuestro dolor por su pérdida, me lleno de confusión y de vergüenza. Vos le perdisteis una vez y sin culpa vuestra, y no sosegasteis hasta encontrarle y uniros a Él para no dejarle más; yo le pierdo mil veces, y vivo tranquilo, y cuando de nuevo le hallo, porque sale a mi encuentro, apenas hago esfuerzo alguno para no perderle más. Señora, me arrepiento de tal tibieza y de tan poco amor. Aumentadlo en mi corazón, para que, buscando desde hoy a Jesús, le encuentre propicio, y de tal modo le estreche a mi corazón que pueda decir con la Esposa de los Cantares: Encontré al que ama mi alma, lo he hallado, y no le dejaré jamás.
ORACIÓN
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Oh, María! in te confido, non erubescam.
En ti confío, ¡oh, María!, no seré confundido.
OBSEQUIO
Rezar tres Avemarías en memoria de los tres días que la Santísima Virgen estuvo buscando a su divino Hijo, pidiéndole la gracia de no perderle jamás por el pecado.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Otra de las prácticas con que los hijos de María la obsequian, y procuran atraerse sus miradas y bendiciones, es el rezo del Oficio parvo, o cuando menos de cinco salmos en honor del dulcísimo nombre de esta Señora, que principian con sus cinco letras. Rezaba todos los días estos salmos el venerable Jordan de Sajonia, y lo mismo el venerable Joscion, después de cuya muerte se vieron salir cinco rosas de sus oídos, ojos y boca, y leyéndose en la que salió de ésta el nombre dulcísimo de María, grabado en sus hojas. El Oficio parvo apenas ha habido santo que no tuviera la costumbre de rezarlo con suma devoción, mereciendo por ello gracias y favores singulares de manos de María. Entre los que más se distinguieron en esta devoción encontramos a San Pedro Damiano, promovedor de ella, y a San Francisco de Sales, que puso por regla a las religiosas de la Visitacion el rezo del Oficio parvo, en vez del común que se reza en todas las ordenes religiosas. No menos célebre es por su devoción San Buenaventura, que no contento con el Oficio parvo, compuso un Salterio dedicado a la Santísima Virgen, en que da pruebas evidentes del amor que tenía a esta Señora. ¡Cuán cierto es que el amor verdadero nunca queda reducido a los deseos y afectos, sino que se muestra exteriormente en las obras!