
DIA 24 DE MAYO
Dolor de María en la sepultura de Jesús
ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.
Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.
Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.
Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.
Amén.
PUNTOS DE MEDITACIÓN
1.º María Santísima se encuentra en ocasión de nuevo sacrificio. El tiempo urgía, y se había de colocar en el sepulcro el cuerpo precioso de Jesús. ¡Qué dolor para la Madre haberla de arrancar por fin el tesoro que tenía estrechado en su regazo! La que estaba tan íntimamente unida con Jesús, ¿cómo se había de separar de Él? Alma mía, si esto entendieses, ¡cuánto sería tu dolor también! Jesús te pertenece por muchos títulos, y una pasión mal mortificada lo arranca de tu corazón, y tú te olvidas como si ya estuviese muchos años en un sepulcro. ¿Tú eres de Jesús, y te apartas tan fácilmente de su amor? ¡Oh, si entendieses lo que es apartarse de Jesús, aun por poco tiempo!
2.º María Santísima asiste al funeral de su divino Hijo con aquella devota y triste comitiva. Los ángeles de paz asisten a este acto, el más tierno, honrando la sepultura de su Señor Jesucristo. María camina con esfuerzo, porque ésta es la voluntad del Padre celestial. Pero en cada paso, ¡qué sacrificio!, ¡qué dolor! Aquel cuerpo divino y exánime es ungido con preciosos aromas, pues si no necesita ser preservado de la corrupción, es digno de este honor. Se le envuelve en una sábana limpia; se le coloca en la región de los muertos. ¡Oh, María!, tu dolor crece por momentos. No quisieras apartarte de este sepulcro glorioso, y llega ya el momento triste de tu separación. ¡Oh, si yo tuviese un corazón limpio y nuevo! Entonces le destinaría para sepulcro de mi Jesús. Pero ha sido un albergue de monstruos ponzoñosos, yo no soy digno de este tesoro. Acudiré a Vos, ¡oh, Madre desconsolada!, y vuestra mediación me hará digno de poseer a Jesús.
3.º María Santísima sale del sepulcro donde se queda el cuerpo divino de su Hijo, y sale la última, sin duda. Se prepara la losa que ha de cubrir la puerta. María ya no ve el objeto de su amor… ¡Qué llanto tan amargo el de esta Madre! Todos los presentes lloran también y compadecen su dolor y soledad. Parece que ven a María como pone su corazón por sello del sepulcro. Allí descansa su Hijo, el blanco de su cariño. ¡Oh, qué sacrificio! Juan, nuevo hijo de María, comienza los oficios de caridad con su afligida Madre, y con el mayor respeto la lleva a su casa, por ver si puede templar algo su dolor. ¡Oh, Madre mía!, no puedo menos de llorar por Vos. No tuve atención a vuestro Hijo, y le crucifiqué con mis pecados. Pero tampoco tuve la menor compasión de Vos. ¡Cuántas veces he aumentado vuestros dolores! ¿Habrá entre vuestros hijos otro más ingrato? ¡Qué confusión!, yo que más os debo, soy quien menos os he amado.
AFECTO
¡Oh, María!, mar de dolor y de amargura. Vengo en este día a cumplir uno de los deberes de un buen Hijo. Vengo a acompañaros en vuestra soledad para consolaros llorando con Vos la muerte de Jesús; pero, ¿qué otro consuelo podré daros que el de detestar mis culpas, y confesar con dolor mi crimen? Madre mía, he pecado y acepto el castigo que me impongáis Vos, como Madre de Jesús, a quien yo he crucificado. ¡Ah, Señora!, ¿qué castigo me impondréis? Me parece que os oigo decirme: Te perdono, hijo mío, ve en paz, y no quieras ya pecar más. No, Madre mía, no más pecados, os lo prometo agradecido a vuestro amor, y espero que me ayudaréis a cumplirlo. ¡Ah!, sostenido por Vos, ¿a quién podré temer?
ORACIÓN.
Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.
Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.
Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.
Amén.
JACULATORIA
Oh, Maria! fac me vere, tecum flere; donec ego vixero.
¡Oh, María!, haced que mientras viva llore con Vos la muerte de Jesús.
OBSEQUIO
Rezar siete Avemarías en memoria de los siete dolores de la Santísima Virgen.
TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA
1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.
Ave María.
2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.
Ave María.
3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.
Ave María.
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!
A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.
¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.
Amén.
Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.
PRÁCTICA
Otro de los actos propios de un hijo amante es pedir siempre la bendición de su madre en todas sus acciones, consagrándole todas sus obras y sus talentos. Hacerlo así con María Santísima, no sólo es una prueba de amor, sino un medio de atraer sobre nosotros sus gracias, y lograr el buen éxito en nuestras empresas. De algunos santos se lee que antes de responder a lo que se les preguntaba, fijaban los ojos en una imagen de María, como pidiendo su bendición. Juan Sebastiano, de la Compañía de Jesús, tenía en su cuarto una imagen de María, y le pedía humildemente su bendición cuantas veces entraba y salía. San Egmundo, cuando encontraba alguna dificultad en sus estudios, se volvía hacia una imagen de María Santísima, pidiéndole se la allanase. Lo mismo practicaba el Padre Suarez, animándose con la presencia de esta Señora. El venerable Padre Carlos Jacinio, en su infancia, encontrando dificultades en aprender el alfabeto, decía: Voy a mi madre María, y con esto recordaba el nombre de las letras. El P. Alfonso Obando, de la Compañía de Jesús, no hacía cosa alguna sin consagrarla a María y por su amor, llamando a este amor su pan cotidiano. Finalmente, San Alfonso de Ligorio, no sólo practicaba estos actos de ternura y amor, sino que aconsejaba a los otros que lo hiciesen diciendo: ¡Dichosas las acciones que irán encerradas entre dos Avemarías! ¡Oh, cuánto lo serían, en verdad, las nuestras si así las santificásemos haciéndolas bajo la dirección de esta buena Madre!