Amadores de Cristo

DIA 25 DE MAYO

Gozo de María en la resurrección de su Hijo

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María Santísima, como firme roca, no vaciló un punto en la fe. Aunque herida de las olas embravecidas de la mayor tribulación, y aunque muy amargada por la memoria reciente de los padecimientos de Jesús, perseveraba llena de esfuerzo, esperando con fe viva verle pronto glorioso y resucitado, para no padecer ni morir. Con sus palabras eficaces persuadió esto mismo a los Apóstoles y mujeres santas, que aún vacilaban en la fe de la resurrección. Aunque Dios tarde o difiera sus promesas, ¿por qué hemos de vacilar? ¿Acaso nuestros males interiores o exteriores han de acabarse tan pronto como lo desean nuestros intereses o falta de mortificación? María es espejo de justicia y perfección. Mirémonos en Ella, copiémosla, y su imitación nos hará dignos del bien que deseamos.

2.º María Santísima, en tanto que la dejaron sola antes de la madrugada del domingo por ir las santas mujeres a buscar a Jesús en el sepulcro, perseveraba alentada en fervorosa oración, esperando la vista de su Hijo. El aposento se esclarece de repente con la luz de la majestad del Resucitado: se le aparece Jesús, antes que a toda otra persona, lleno de gloria y de belleza imponderable, y vestido de inmortalidad. María, transportada en el más puro gozo, adora de rodillas al Hijo de sus entrañas resucitado. Jesús premia la fe y constancia de su Madre: la levanta, la estrecha en sus brazos, saca de su pecho la espada que le atravesó Simeón, y cambia sus lágrimas en dulzura y suavidad. ¡Oh, cuán bien empleados fueron sus trabajos y dolores! ¡Oh, cuán bien remunerada su paciencia, cuán bien pagado su amor! No desmayes, alma mía, espera en Dios; sé constante, y mira cómo te convida a que resucites con Él.

3.º María, después de su amarga soledad, ve roto el saco lúgubre que vestía, y se encuentra de repente ataviada con vestido de alegría y de placer. Jesús se sienta a su lado; le muestra sus llagas abiertas llenas de hermosura y de gloria. La regala con dulce y detenida plática; le refiere su triunfo en el limbo, y la libertad de aquellos ilustres cautivos. María sigue los pasos de Jesús resucitado, y le ve y le adora muchas veces. Ella es la mujer fuerte, que ha quebrantado la cabeza de la orgullosa serpiente. La resurrección de Jesús lo confirma, y nos da bien a conocer el poder y mérito de María. ¡Oh, cuánto os debemos todos!, ¡y cuánto os debo yo, mi dulce Madre! Si no fuera por Vos, ¿cómo cogiera ahora los frutos de la resurrección de vuestro Hijo, mi amoroso Salvador? ¿Ni cómo pudiera prometerme llegar a resucitar a una vida nueva y espiritual?

AFECTO

¡Oh, María, Virgen gloriosísima, resucitada con Jesús a una vida toda de gozos inefables! Yo os felicito por este nuevo estado de vuestra alma. Pasó ya el invierno de vuestros dolores, cesó la lluvia de vuestras lágrimas, y la serenidad y la paz reinan ya en vuestro corazón. Esto os han merecido vuestra fe, vuestra esperanza y vuestra caridad, que han formado la base de vuestras virtudes. Permitidme que llegándome a Vos tome parte en vuestro júbilo, y al efecto haced que resucite de mis antiguos extravíos, y viva ya con una vida nueva, la vida del hombre nuevo, criado según Dios en santidad y en justicia.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

Gaude et lætare, Virgo Maria, quia surrexit Dominus. Alleluia.

Alégrate, ¡oh, María!, porque resucitó el Señor. Aleluya.

OBSEQUIO

Rezar tres Avemarías, saludando a María por la resurrección de Jesús.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

No es menor prueba de amor a María la de gozarse en sus glorias y felicitarla por ellas con frecuencia. Por ello todos los santos se han esmerado en darle títulos honrosos que expresasen sus grandezas y prerrogativas. San Agustín la llamaba figura o imagen de Dios (forma Dei). San Efrén, milagro, el más sublime de la creación. San Bernardo, rayo o reflejo de la Divinidad. San Buenaventura, gloria de Dios; y así todos los Santos Padres. Un hijo de Santa Brígida, llamado Carlos, decía que ninguna cosa le consolaba tanto en el mundo como saber que María era tan amada de Dios. Santo Tomás de Cantorbery rezaba con mucha frecuencia siete Avemarías, recordando los principales gozos y títulos de gloria que encontraba en la vida de María Santísima, y con inspiración de esta Señora principió también a saludarla por sus principales títulos de gloria en el Cielo. Si nos gozamos de que María sea Hija, Esposa y Madre de Dios, de que sea Inmaculada, de que haya sido coronada Reina del Cielo y de la Tierra, ¿por qué no la felicitamos con frecuencia por estos títulos tan gloriosos para ella?

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