Amadores de Cristo

DIA 30 DE MAYO

Asunción al Cielo de la Santísima Virgen

ACTO DE CONTRICIÓN

Dios mío, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación; ved en vuestra presencia a un miserable pecador, a quien habéis criado y redimido con vuestra sangre, y que ingrato os ha ofendido tantas veces. Yo no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pues he pecado delante del Cielo contra Vos; pero, aunque polvo y ceniza, me atrevo a postrarme en vuestra presencia, y a pediros perdón de mis enormes culpas, que detesto con toda mi alma.

Preparado está, Señor Jesucristo, mi corazón para hacer vuestra voluntad; hablad, que vuestro siervo escucha, iluminad mi entendimiento, y moved mi voluntad para que os ame en adelante, y sea todo vuestro, imitando las virtudes de vuestra Madre Santísima.

Yo os doy gracias, Padre eterno, por que os dignasteis escogerla como la más perfecta y la más pura de las criaturas, para que sirviese cumplidamente a los altos designios de vuestra misericordia, porque la hicisteis purísima en su Concepción, santísima en su vida, y gloriosísima en su asunción al Cielo.

Dignaos admitir los buenos deseos que me dais de obsequiar a esta Virgen inmaculada como Madre de vuestro Unigénito. Concededme sentimientos de humildad, reverencia y amor, bastantes para que, empleándome en su veneración y culto, y contemplando sus virtudes, las imite con vuestra gracia, y con ello contribuya a vuestra gloria y a la de esta Virgen, la más afortunada, y consiga el remedio de mis necesidades espirituales y aun temporales, si me conviene, y sobre todo firmeza en la fe, dilatación segura en la esperanza, y total aumento en la caridad.

Amén.

PUNTOS DE MEDITACIÓN

1.º María Santísima, que siempre fue un Cielo animado, después de la Ascensión de Jesús, su divino Hijo, sintió más fuertes deseos que nunca de verle y acompañarle en aquella bienaventurada patria. Acercándose ya el tiempo en que Dios quería trasladar esta arca celestial de la Jerusalén terrestre a la Jerusalén eterna, el Ángel del Señor previene a María con tan dulce nueva, bajando del empíreo una palma hermosísima, prenda y señal de la victoria. María, ve cumplidos sus deseos en la reunión prodigiosa de los apóstoles. Les dice palabras tiernísimas para alentarlos en los trabajos de su misión. Bendice a todos y les llena de consuelo. ¡Oh, Madre mía! Con mucha confianza me llego a Vos para recibir también vuestra bendición.

2.º María Santísima, compuesta y recogida, ve a Jesús, su Hijo, que acompañado de espíritus celestiales viene para llevarla, en cuerpo y alma, a la Gloria celestial. María, en altísima contemplación, oye la voz de su Amado que la llama para sacarla triunfante de este mundo. No puede resistir más el eco de aquella voz divina. Se exhala como perfume, y sale de este mundo arrebatada por la fuerza de su amor, para ponerse en manos de Jesús, quien con ejércitos de ángeles la lleva al Cielo, en cuerpo y alma, para amar sin tasa a su Dios. ¡Oh, María! ¿Tu Asunción será para dejarnos huérfanos, del todo, en este valle de lágrimas? Alma mía, ¿tendrás aún tu corazón pegado a la Tierra? Jesús está en el Cielo y María entra también en él. Levanta, pues, tu corazón hacia lo alto, ya que tantas veces protestas no amar sino a Jesús y María; y no vivas sino para el Cielo.

3.º María Santísima no murió, pues como nos dicen los dogmas: a) “María fue asunta al Cielo en cuerpo y alma.” No en un cuerpo muerto, sino con el que tenía lleno de vida y de gracia. b) “La muerte, en el actual orden de salvación, es consecuencia punitiva del pecado”, y María fue concebida Inmaculada y jamás pecó. c) “Todos los hombres, que vienen al mundo con pecado original, están sujetos a la ley de la muerte.” “María fue concebida sin mancha de pecado original.” María Santísima, la Inmaculada y Siempre Virgen María, no estaba sujeta a la muerte, por lo que no murió, sino que fue llevada al Cielo en cuerpo y alma.

AFECTO

¡Oh, María! Vos mejor que David podéis exclamar en este día: el lazo ha sido roto, y yo me veo libre; el lazo de la vida que os apartaba de la compañía de Jesús se ha roto en fuerza de vuestro amor, y habéis volado a buscar a vuestro Amado. Pero no olvidéis, Señora, que tenéis otros hijos, que por su miseria necesitan de Vos, y que también os aman: no los dejéis, pues, abandonados; velad sobre ellos desde el Cielo, para que lleguen a unirse de nuevo con Vos en el reino de la paz. ¡Oh, Madre, yo soy uno de vuestros hijos! ¡Oh, si mi amor os atrajese a mi lado, como el de Jesús!, pero ya que no pueda amaros tanto, quiero amaros el primero después de Jesús, para que este amor me levante de la Tierra, a su impulso acabe mi vida, y con la ligereza de la paloma me conduzca a vuestros pies en el Cielo.

ORACIÓN

Gloria a Vos, ¡oh, Dios Padre!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Hijo!, gloria a Vos, ¡oh, Dios Espíritu Santo!, que enriquecisteis el corazón de María con tantos y tan singulares privilegios, que la elevaron al sublime rango de Hija, Esposa y Madre vuestra. Gloria también a Vos, ¡oh, María!, que supisteis cultivar las preciosas semillas que Dios puso en vuestro corazón, haciéndoles producir flores de exquisito perfume, que se exhaló en olor de suavidad en la presencia de Dios.

Yo, Dios mío, siervo vuestro, e hijo, aunque indigno, de María, postrado en vuestra presencia para daros gracias por las mercedes que concedisteis a mi Madre, os presento las bellísimas flores de sus virtudes, que acabo de contemplar, y os suplico que, aceptándolas benignamente de mi pobre mano, me concedáis la gracia que necesito, para reproducirlas en mi corazón, como hijo de esta Madre, y las bendiciones que por mí os pida esta Señora.

Yo os presento también a Vos ¡oh, María! las flores de los buenos deseos y afectos que me habéis inspirado en esta oración, y los santos propósitos que en ella he formado con el auxilio de la divina gracia. Cultivadlas, Madre mía, como flores consagradas a Vos; arrancad la maleza de las pasiones que pudieran sofocarlas; defendedlas del huracán furioso de las tentaciones, y haced que produzcan frutos de honor y de virtud que merezcan ser presentados por Vos a la Trinidad Santísima, y me atraigan el premio que está prometido a los que imitan vuestras virtudes, y os obsequian en este mes de bendición y de gracia. ¡Oh, María!, mostrad que sois mi Madre, y alcanzadme de vuestro Hijo, que después de una vida pura y santa, disfrute de vuestra compañía en el gozo eterno de Dios.

Amén.

JACULATORIA

¡Oh, Maria!, ora pro nobis peccatoribus nunc et in hora mortis nostræ.

¡Oh, María!, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

OBSEQUIO

Rezar tres Avemarías o Salves para que la Santísima Virgen nos asista en la hora de la muerte.

TRES SALUTACIONES A LA VIRGEN SANTÍSIMA

1.ª Yo os saludo, Virgen purísima antes del alumbramiento, y tan pura que fuisteis concebida sin pecado como Hija del Eterno Padre: purificad mis pensamientos y mis deseos para que sean puros mi entendimiento y mi corazón.

Ave María.

2.ª Yo os saludo, Virgen purísima en el alumbramiento, y tan pura que concebisteis, en vuestro seno virginal, al Verbo Eterno por obra del Espíritu Santo, y fuisteis hecha Madre de Dios Hijo: purificad mis palabras para que todas sean castas y agradables a vuestro Hijo, mi Señor Jesucristo.

Ave María.

3.ª Yo os saludo, Virgen purísima después del alumbramiento, y tan pura que merecisteis ser templo del Divino Espíritu, y en cuerpo y alma ser llevada al empíreo, y coronada Reina del Cielo y de la Tierra, como Esposa del Espíritu Santo: purificad mis obras, para que todas ellas sean santas, y me atraigan las bendiciones de la Trinidad Santísima, en el tiempo y por toda la eternidad.

Ave María.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Ave!, inmaculada Virgen, dulcísima María, concebida sin pecado para ser Madre del mismo Dios, Virgen llena de gracia en todos los momentos de tu vida, y coronada como Reina de Cielos y Tierra en tu Asunción gloriosa; dígnate ser nuestra maestra, nuestro refugio y nuestra protectora, pues eres madre de misericordia, a quien Dios ha confiado los tesoros de su poder y su bondad, para que des a las almas la vida de la gracia con la dulzura de tu amor maternal. Por tu mediación y por tus ruegos lo esperamos todo, ¡oh, esperanza nuestra!, y por ello te saludan nuestros corazones, y con el Arcángel repiten nuestros labios una y mil veces: ¡Ave, María!

A ti, que benigna acoges a los que te invocan, y les concedes protección y auxilio en sus necesidades, sin cesar clamamos en estos días de bendición y de gracia para los infelices desterrados hijos de Eva. Hechos hijos de ira por el pecado de Eva, y por los nuestros, somos indignos de presentarnos a nuestro Dios, a quien han irritado nuestras iniquidades; y en nuestra miseria, a ti suspiramos, para que nos alcances gracia de tu Hijo, mientras vivimos gimiendo y llorando nuestras culpas en este valle de lágrimas.

Ea pues, Señora, que al pie de la cruz recibiste el título de Madre, y abogada nuestra, defiéndenos de todo peligro, líbranos de ofender a Dios en adelante; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, para que tu mirada de misericordia haga renacer en nuestras almas la paz y la esperanza, y haga brotar y crecer en nuestros corazones las flores de humildad, de pureza y caridad, que contemplamos en el tuyo, porque sólo así mereceremos que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y nos lo muestres propicio, cual en Belén lo mostraste a los pastores y a los Reyes, y cual lo ofreciste al Padre por la salvación del mundo.

¡Oh, Reina clementísima!; ¡oh, Madre piadosa y dulce!; a tus pies nos postramos para que nos defiendas de las asechanzas del enemigo de nuestras almas, cuya cabeza quebrantó tu planta, porque siempre fuiste Virgen: ¡oh, María!; siempre fuiste humilde, siempre santa, y, por tu humildad y tu pureza, digna del título de Madre de Dios. Sálvanos, pues, y ruega por nosotros, y por todos los que se llaman hijos tuyos, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, amándole para siempre, y cantando contigo sus infinitas misericordias en el Cielo.

Amén.

Ahora se pedirán a la Santísima Virgen las gracias que se deseen alcanzar de su maternal corazón en este día.

PRÁCTICA

El día y el momento en que el amante de María debe coger el fruto de su devoción, es el de la muerte, en que el demonio hace todos los esfuerzos posibles para perder las almas, al paso que María Santísima se presenta a premiar con su bendición, y con la gloria que le subsigue, los actos de amor que practicaron sus siervos. He aquí, pues, el objeto a que debe dirigir sus súplicas el amante de esta Señora, seguro de que en aquella hora no le faltará su protección. San Andrés Avelino sostuvo en su muerte una lucha tan terrible con el demonio, que sus ojos derramaban ríos de lágrimas, el rostro se le hinchaba y todo él se estremecía. Su único recurso era fijar los ojos en una imagen de María, de quien había sido muy devoto, y que en efecto vino en su socorro; porque se quedó otra vez tranquilo, y mirando siempre la imagen, le hizo una reverente inclinación y espiró con dulce sonrisa. El Padre Suarez, que era muy devoto de María Santísima, y decía que hubiera trocado todo su saber por el mérito de una Avemaría, murió con tanta alegría que exclamó al tiempo de morir que jamás podía imaginarse, si entonces no lo experimentara, que era tan dulce la muerte. Los ejemplos de la asistencia de María a sus devotos en la muerte son innumerables; todos prueban que el mejor medio de lograr dicha tan grande es la devoción a esta Señora. Ella misma dijo a Santa Matilde que tendría una buena muerte si rezaba cada día tres Avemarías, en reverencia del poder, sabiduría y bondad que había recibido de la Trinidad Santísima. ¿Quién se resistirá, pues, en vista de esto, a ser amante y fiel siervo de María?

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