
INTRODUCCIÓN
Entre todas las devociones del cristiano, ninguna hay que más pronto se apodere, y más dulces emociones haga sentir a toda alma inclinada a la piedad, que la devoción a MARÍA; porque es hija del amor, madre de la santa confianza, de la pureza y de todas las virtudes, que forman el variado ropaje de las esposas del Cordero.
El hombre ha nacido para amar, y este sentimiento se identifica tanto con su corazón, que constituye una parte esencial de su existencia. Aún no sabe sentir, y ya ama; aún no pronuncia una sola palabra, y encuentra ya mil signos para expresar su amor; y este amor se fija sobre todo en su Madre. Lo que sucede en el orden de la naturaleza, se repite también en el de la gracia. En cuanto el hombre nace para Dios, en cuanto la piedad domina en su corazón, se apodera de él el amor y ama a su Madre, ama a María, y la ama con un amor ardiente; con un amor tierno, con un amor inexplicable, con el amor de un hijo. Pertenecer a Jesús, y no amar a María, es imposible, y es casi más fácil renunciar a la fe, es más fácil olvidarse de Dios, que dejar de amar a esta Madre cariñosa. Díganlo si no tantos pecadores, tantos apóstatas convertidos de nuevo, sólo por conservar en su corazón un resto de amor y devoción a la Santísima Virgen, y que a ésta debieron el verse libres de la condenación eterna.
He aquí por qué la historia de la devoción a María se confunde con la historia del cristianismo, y sus términos y su duración son los de la Iglesia; esto es, los términos del mundo, la duración de los siglos. Pero entre las prácticas de esta devoción no se encuentra otra tan halagüeña, tan consoladora y tan útil como la del MES DE MARÍA.
En él, reconociéndola por Reina del Cielo y de la tierra, le ofrece el hombre los tributos de la naturaleza con sus flores, y con ellas el homenaje de su corazón; reconociéndola por su Maestra, acude a sus templos, como a una escuela donde aprende la lección de sus virtudes; y reconociéndola en fin por su Madre, le manifiesta su amor, le expone sus miserias, agradece sus beneficios, le pide bendiciones, y las recibe copiosas, porque a manos llenas las derrama sobre los que la obsequian y la aman. Promover más y más entre los fieles esta devoción, y cooperar a que se obtengan los frutos que de ella deben esperarse, es el objeto que me propongo al publicar este nuevo MES DE MARÍA, retribuyendo con este corto obsequio los favores sin término que debe mi alma a la Madre de los pecadores.
Al efecto, he dispuesto las meditaciones para cada día del mes, recorriendo todos los hechos principales de la vida de María Santísima, y fijándome, no tanto en las gracias y favores especiales con que Dios la enriqueció, cuanto en el fruto que sacó de estas gracias, y en las virtudes que adornaron su alma, haciéndola toda hermosa a los ojos del Señor. De este modo, no sólo admiran a María sus devotos, sino que aprenden a imitarla en los varios estados de su vida. Además, he formado otras treinta y una meditaciones sobre las virtudes de nuestra dulce Madre, cogiendo las principales, y tomando por base las cedulitas que durante el mes se reparten entre los fieles que practican este ejercicio, para que el MES DE MARÍA sea para ellos una escuela de perfección, y un estudio de las virtudes que deben adornar a las almas consagradas a María. Constante siempre en la misma idea, en vez de los ejemplos históricos que suelen ponerse en estas obritas, he entresacado los pasajes de la vida de los mayores amantes de María, en que resalta más su devoción, y se aprende a honrar a esta Señora con actos propios verdaderamente de hijos y siervos suyos.
Ojalá que todos se aprovechen de este libro, y hallen en él un nuevo estímulo para amar a María, y amarla como ella quiere ser amada, con el amor propio de un hijo que imita a su madre, oye su voz y la obedece, se complace en su gloria, jamás la ofende, y se esfuerza porque de todos sea amada y respetada. Ojalá que al ofrecer a María flores naturales, le presenten también sus amantes las flores místicas de las virtudes, que son frutos de honor y honestidad. Y ojalá, en fin, que, viniendo este libro a manos de algún pecador, sea el medio de que Jesús y María se valgan para convertirle y hacerle feliz en el tiempo y en la eternidad. Mis votos se verán entonces cumplidos, me consideraré recompensado con largueza, y exclamaré como María: «Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador; porque ha hecho cosas grandes el que es poderoso y santo en su nombre, y su misericordia se ostenta de generación en generación sobre los que le temen.»