Amadores de Cristo

DIA 26 DE MAYO

DULZURA

Reprimid la vivacidad de vuestro genio, y aprended todos los días, de Jesús y de María, a ser dulces y humildes de corazón.

1.º La dulzura y mansedumbre forma la práctica de la humildad y de la caridad enlazadas fuertemente en el corazón del cristiano. Ella es una virtud hermosa que hace agradable a los hombres nuestro trato, que destierra las falsas ideas que los mundanos forman de la vida perfecta, y atrae a todos hacia la práctica del bien. He aquí por qué dice el Espíritu Santo que la palabra dulce destruye la ira. Nuestra boca, pues, añade San Crisóstomo, esté siempre llena de miel. Nada salga de ella que no sea dulce, nada áspero, nada amargo, nada que no sea digno del Cielo. ¡Alma mía!, ¡cuán lejos estás de obrar así! ¿Sabes la causa?, es que tu corazón está lleno de la hiel del amor propio, y de la abundancia del corazón habla la boca. Arroja esa hiel, y llénate de la miel de la dulzura y mansedumbre.

2.º Dos modelos tiene el cristiano de perfecta dulzura y mansedumbre. El primero es el Hijo del Eterno Padre, que con sus palabras y sus obras nos anima a practicar esta virtud. Aprended de mí —nos dice— que soy manso y humilde de corazón, examinad mis acciones e imitadlas. El segundo es María. Humilde de corazón, no podía menos de ser la misma dulzura, porque miraba a todos como sus hermanos y superiores a ella. La vista de su Hijo la perfeccionó en esta virtud. Recorre, alma mía, las acciones de estos dos modelos para imitarlos. Si el primero te parece demasiado elevado, estudia a María, y a medida de su corazón forma el tuyo. ¡Cuántas y cuán eficaces lecciones te dará de esta virtud hermosa!

3.º María, dice San Buenaventura, fue dulcísima por su pacientísima mansedumbre; la espada del dolor traspasó su corazón; pero no le dio la muerte con el odio, ni le dejó llagado con la impaciencia. Todo fue dulzura, y ni una queja ni una palabra áspera salió jamás de sus labios, aun entre las mayores amarguras. «Repasa la Escritura, dice San Bernardo, y si encuentras algo áspero en María, sospecha en hora buena de sus demás virtudes.» ¿Qué extraño, pues, que la santa Iglesia, llamándola Madre de misericordia, exclame: ¡Oh, dulce siempre Virgen María! Alma mía, ¿imitas a tu Madre? ¡Cuántas veces te dejas llevar de la vivacidad y fuerza de tu genio, faltando a la caridad! Cuando esto hagas, fija los ojos en la dulce María, y avergüénzate.

AFECTO

¡Oh, dulcísima María, mi tierna Madre! ¡Oh, Virgen singular, entre todas benigna y dulce! ¡Cómo me prueba toda vuestra vida que el Espíritu de Dios dirigía vuestros afectos, vuestras palabras y vuestras obras! Yo me avergüenzo, Señora, al mirarme a mí mismo, porque me veo tan distinto de Vos, que no puede ser sino el amor propio el que me gobierna. Comunicadme vuestra dulzura, para que en el trato con mis hermanos sea yo dulce con ellos como vuestro Hijo y Vos misma lo sois conmigo, admitiéndome, perdonándome y colmándome de bendiciones. Me entrego a Jesús y a Vos, Madre mía; hacedme dulce y humilde de corazón.

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