
DIA 30 DE MAYO
DESEO DEL CIELO
Pedid a la Virgen Santísima que os asista en el momento de vuestra muerte, y que os abra las puertas del Cielo.
1.º El hombre ha sido criado para Dios, y su fin último es amarle y gozarle eternamente en el Cielo. ¿De qué sirve, pues, al hombre ganar todo el mundo, si perdiendo su alma queda privado de esta felicidad para que fue criado? Todo es transitorio, todo perece, sólo Dios es eterno e inmutable. El alma, pues, que es inmortal, no debe fijar sus deseos en lo que es menos que ella. Debe aspirar siempre a la felicidad del Cielo y a la fruición de Dios. He aquí lo que debe formar siempre el objeto de sus votos y deseos, diciendo como David: ¡Oh, cómo se prolonga nuestro destierro!, y con el Apóstol: Deseo desatarme y estar con Cristo. Alma mía, ¡cuándo estarás tan penetrada de esto, que repitas sin cesar estas palabras!
2.º No se puede desear ardientemente el Cielo, mientras el corazón esté pegado a la Tierra; y no está el corazón libre de la Tierra, mientras no ama a Dios con todas sus fuerzas. He aquí por qué María Santísima tenía todo su corazón en el Cielo, y suspiraba sin cesar por el momento de romper los lazos de la carne, y volar al seno de su Dios. Le amaba sin reserva; este amor le hacía mirar con desprecio los bienes terrenos, y sin interrupción la llevaba con sus deseos al seno de su Dios: como la esposa, anhelaba la vista de su amado, hasta el punto de que toda su vida fue obra de ese amoroso deseo de estar con Dios. ¡Oh, cuán distinta es tu conducta, alma mía! Si deseas el Cielo, es sólo con tibieza y con sentimiento de dejar el mundo. ¡Cuán cierto es que tu amor a Dios es débil y remiso!
3.º El deseo del Cielo, por más ardiente que fuese en María, no era, sin embargo, tan indiscreto que le hiciese olvidar sus deberes, y mirar su permanencia en la Tierra como una desgracia. Esto no existe sino en las almas mezquinas y poco ilustradas con la luz de la fe. María estaba persuadida de que el camino del Cielo está en la Tierra, está en el cumplimiento de los deberes, está en la práctica de las virtudes, está en el deseo eficaz de llegar a él, y en el empleo de cuantos medios a él conducen. Por ello, a nada se negaba, en todo hallaba consuelo, porque en cada obra, en cada trabajo, en cada privación, veía una grada de la escala que la conducía a su término, y la subía con fervor. ¡Alma mía! ¿Deseas el Cielo del mismo modo que María? Persuádete de que es vano todo deseo, cuando no se ponen los medios para lograr su cumplimiento; y bajo la protección de tu buena Madre, corre ligera por el camino recto, que son los mandamientos de Dios.
AFECTO
¡Oh, María!, cuyo corazón estuvo siempre fijo en el blanco de sus deseos, que eran Dios y el Cielo, enseñadme a no apartar mis ojos de ese término feliz para que fui criado. Apartadlos de las engañosas delicias de la Tierra, para que no halle gozo en cosa alguna, ni ame otra cosa que a Dios. Especialmente, Señora, en mi última hora venid a mi lado, hacedme olvidar a todo el mundo, encended en mi alma un vivo deseo de estar con Vos en el Cielo, para que muera a impulsos de este deseo con Vos. ¡Oh, María!, Vos lo podéis todo, y también podéis esto; Madre mía, concedédmelo, y no permitáis que me aparte de Vos eternamente.