Amadores de Cristo

DIA 2 DE MAYO

ESPERANZA

Pedid a María, como madre de la santa esperanza, se digne arraigarla más y más en vuestro corazón.

1.º La esperanza nace de la fe. El conocimiento que ésta nos da de Dios, de sus perfecciones y de sus beneficios, hace que concibamos una dulce confianza en su providencia y en su bondad, que quiere salvarnos y no nos abandona en las necesidades de la vida. La esperanza, pues, es la virtud que nos hace esperar de Dios, por los méritos de Jesucristo, la salvación eterna y los auxilios y bienes temporales que a ella pueden conducirnos. Esta esperanza hace que, con una seguridad y confianza santa, nos arrojemos en brazos de la divina Providencia en todos los sucesos de nuestra vida, convencidos de que Dios nos defenderá, y no permitirá seamos confundidos, mientras a Él solo le busquemos, y cumplamos su ley santísima. ¡Alma mía!, ¿vives persuadida de que no será confundido el que espera en Dios? Si así lo crees, ¿por qué buscas el apoyo de las criaturas y pones en ellas tu confianza en el momento de la tribulación?

2.º Yo soy la madre de la santa esperanza, dice María; y lo es en realidad, porque nos la enseña con sus ejemplos y la infunde en nuestros corazones con amor maternal. Corre, pues, alma mía, y aprende de María esta virtud para imitarla. Ella la ejercitó heroicamente cuando su esposo se vio combatido de crueles sospechas por su preñez, porque puso en Dios toda su confianza, y de Él sólo esperó la defensa de su inocencia. Ella la practicó cuando se vio desechada en Belén y reducida a retirarse en un pesebre: cuando tuvo que huir a Egipto, haciéndolo sin quejarse, sin provisión alguna, confiada siempre en la bondad de Dios, que no permite sea nadie afligido más de lo que le conviene. Ella la demostró también cuando pidió a su Hijo que convirtiese el agua en vino, y a pesar de su aparente negativa, dijo a los sirvientes que hiciesen cuanto su Hijo les dijere, y finalmente, cuando esperó constante la resurrección de Jesús, apoyada tan sólo en sus promesas. ¡He aquí como María nos enseña a confiar en Dios! ¡Oh, cuán bueno es esperar en su bondad, y entregarnos confiadamente en sus manos!

3.º María no sólo nos enseña con sus ejemplos a confiar en Dios, sino que infunde y aumenta en las almas esta virtud preciosa. Por ello, la Iglesia la llama esperanza nuestra, y san Agustín, única esperanza de los pecadores. María es nuestra Madre, y quiere nuestra salud; ella conoce que la salud no podemos esperarla sino de Dios, y por lo mismo hace nacer y crecer en nuestro corazón esta santa esperanza en la misericordia divina. Acude, pues, alma mía, a María. Tus tribulaciones te harán creer muchas veces que Dios te abandona por tus culpas; si así sucede, llégate a esta buena Madre, y hará renacer en tu alma la confianza y con ella la paz.

AFECTO

¡Oh, María, esperanza nuestra!, ¿a quién mejor que a Vos acudiré para que en mi corazón se arraigue la santa confianza en la divina misericordia y en la Providencia paternal del Señor? Vos sois la Madre de la santa esperanza, y como madre nuestra la infundís en nuestras almas para que las tribulaciones y las pruebas en que nos pone nuestro buen Dios no nos abrumen y nos hagan decaer en su servicio. ¡Oh, Señora! Vos sabéis mi debilidad y mi miseria; fortalecedme, comunicándome la confianza firme con que os arrojasteis siempre en los brazos de la divina Providencia, para que os imite, y siguiendo vuestro ejemplo no sea jamás confundido en mi esperanza.

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