
DIA 21 DE MAYO
MORTIFICACIÓN
Imitad la vida penitente, pobre y laboriosa, de la Sacra Familia en Nazaret.
1.º La mortificación interior y exterior es necesaria al hombre desde que la concupiscencia dominó en su corazón, para impedir con su freno los funestos efectos de las pasiones y apetitos desordenados, y restablecer el interior en su estado de pureza y ordenada unión con Dios, que es nuestro único y último fin. Si vivimos según la carne, moriremos; pero si con las obras del espíritu mortificamos las de la carne, viviremos, según dice el Apóstol, que por lo mismo nos aconseja que crucifiquemos la carne con sus vicios y concupiscencias, trayendo siempre la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo para que se manifieste su vida en nosotros. En una palabra: la mortificación es el castigo del pecado cometido, y el preservativo para no cometerle en adelante. Alma mía, si así es, ¿te creerás dispensada de la mortificación? Has pecado; mereces castigo: estás rodeada de peligros, y debes defenderte. Uno y otro conseguirás con la mortificación.
2.º El interior de María era como el templo de Salomón, y se iba levantando sin que se oyese golpe alguno del martillo de las pasiones, ni murmullo de las tentaciones sensuales; era en un todo perfecto, ordenado según la caridad, y atraído con fuerza dulcísima por los aromas del celestial Esposo, único que en él reinaba. Pero esto no fue bastante para que María descuidase por su parte los medios de asegurar su perfección, practicando sin cesar la mortificación interior, como si pudiesen sus pasiones levantarse contra el espíritu. De aquí su oración continua para velar siempre sobre las inclinaciones de su alma; de aquí el negarse a toda curiosidad, y el apartar su imaginación de cuanto podía separarla de Dios. Alma mía, si no vigilas en la oración, si no refrenas tu imaginación, te verás arrastrada a mil peligros. Mortifica, pues, tu interior, y no dejes que se arraigue en tu corazón pasión alguna. Es templo de Dios, y sólo Dios debe tener allí su trono y su altar.
3.º María era purísima en su cuerpo: libre de la primera culpa, jamás sintió el estímulo de la carne, ni se turbaron hacia el mal sus sentidos, ni se rebelaron sus apetitos contra el espíritu. Sin embargo, ejerció sobre ellos una vigilancia continua, reprimiéndolos sin cesar con la mortificación. En el templo cuando estaba consagrada a Dios, y principalmente cuando se desposó con San José, hizo pacto con sus ojos, como Job, de no fijarse en objeto alguno que ofendiese la pureza; cerró sus oídos a las conversaciones del mundo, amó el silencio, fue templada en la comida, y tuvo así mortificado todo su cuerpo, para que estuviese siempre dispuesto a seguir la voz del espíritu. Alma mía, esta es la verdadera mortificación, y la que santifica al hombre. En vano querrás estar unida a Dios en la oración; en vano propondrás no pecar, mientras no refrenes tus apetitos y pongas ley a tus sentidos. Aún más; en vano practicarás crueles penitencias exteriores, en vano crucificarás tu carne con cilicios y disciplinas. Mientras, como María, no busquemos la raíz del mal, todos nuestros esfuerzos serán inútiles.
AFECTO
¡Oh, María!, Virgen la más pura y la más mortificada; la más libre de pecado, y la más armada y prevenida contra él; ved en vuestra presencia a un pecador que por muchos años ha dado rienda suelta a sus apetitos y pasiones. Hecho esclavo suyo hasta ahora, me es difícil vencerlos en adelante; pero estoy resuelto a luchar de continuo y no descansar hasta abatirlos. Madre mía, ayudadme; poned siempre ante mis ojos los ejemplos de mortificación interior y exterior con que os hicisteis tan terrible a los enemigos del alma, y dadme fuerza para seguir vuestros pasos hasta lograr que la paz del espíritu sea el fruto de mis esfuerzos, y viva de este modo puro y santo en la presencia de Dios.