Amadores de Cristo

DIA 23 DE MAYO

AMOR A LA CRUZ

Honrad e invocad a menudo el Corazón de María unido a la cruz de su divino Hijo.

1.º Sufrir en silencio y sin quejarse ni rehusar las penas, es el primer grado de la paciencia; sufrirlas con alegría, es un grado más perfecto de esta virtud; pero su última perfección consiste en amarlas y desearlas, para parecerse en todo al Hijo de Dios inocentísimo y muerto por nosotros en la cruz. El que sufre sin quejarse, mira la cruz como una pena merecida; el que la recibe con alegría, mira en ella un bien; pero el que la ama y la desea, encuentra ya en ella un tesoro que merece ser buscado con afán, y a éste le corresponde verdaderamente el título de discípulo de Jesucristo, que dice: El que no toma su cruz y me sigue, no puede llamarse mi discípulo. Alma mía, juzga tú misma si puedes apropiarte este honroso título, y júzgalo en vista de tus sentimientos de amor o repugnancia a la cruz.

2.º María, conocedora de los divinos misterios, y testigo del amor que Jesús tenía siempre a la cruz, y de los efectos admirables de este amor, desde luego amó el padecer, y unió su corazón al de su Hijo para formar de ambos un solo sacrificio. Cuando le vio pobre en Belén, cuando oyó de boca de Simeón los designios de Dios en la vida y muerte de Jesús, y sobre todo cuando le vio aceptar la cruz e inmolarse en ella por amor al hombre, le tomó por su modelo, y procuró imitarle toda su vida. Ella, mejor que el Apóstol, podía decir que en nada se gloriaba sino en la cruz de su Hijo, y que nada buscaba sino padecer con Él y como Él; y lo acreditó en verdad, permaneciendo firme al pie de la cruz para participar en su espíritu, ya que no en su cuerpo, de todos sus tormentos. ¡Cuán diferente es tu conducta, alma mía! Nada rehúsas como el padecer, y la cruz te parece tan pesada, que de mil maneras tratas de dejarla. ¿Te atreverás, pues, a llamarte imitadora de Jesús y de María?

3.º El principal motivo que María encontraba para amar la cruz era el amor que tenía a su Hijo. Nada prueba tanto el amor que se tiene a una persona, como el deseo vivo y eficaz de conformarse en todo con ella, y el padecer por este amor cuanto es posible. Sacrificarlo todo, privarse de todo, sufrirlo todo, desprecios, humillaciones, trabajos, dolores y la muerte misma, he aquí el fruto y la prueba del amor verdadero. El Eterno Padre, para hacernos ver cuánto nos amaba, entregó a su Unigénito por nosotros. Jesús, para acreditar su amor, lo sufrió todo, entregándose a la muerte por nosotros. María también sacrificó a su Hijo por amor a nosotros, y se ofreció en sacrificio a sí misma con Jesús por nosotros. ¡Alma mía!, ¿amas a Jesús?, ¿amas a María? Si lo ves, pues, en la cruz por ti, ¿cómo es que tú no la buscas y vives en ella para asemejarte a ellos y probarles tu amor? ¡Ah!, nunca será tu amor verdadero si no se forma a la sombra de la cruz y te conduce a vivir y morir en la cruz.

AFECTO

¡Oh, María, que al pie de la cruz unisteis vuestro corazón al de Jesús para ofrecerlo como víctima al Eterno Padre! Dignaos ejercer conmigo el oficio de Madre que os dio vuestro Hijo en aquella hora; enseñadme a amar la cruz, a sacrificarme en ella con Jesús, y a vivir siempre en la cruz, haciendo de ella, como Vos, y como la Esposa de los Cantares, mi casa, mi lecho, mi trono y el lugar de mi descanso, para que allí aprenda a amar a Dios con pureza y verdad, a morir a mí mismo y a copiar en mí la imagen de vuestro Hijo crucificado hasta ser una misma cosa con Él en el tiempo y en la eternidad.

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