
Pecadores, no herejes.
Las tres partes, o estados, de la Verdadera Iglesia de Cristo, son: militante, purgante y triunfante. La militante es la formada por los pecadores que aún vivimos en este mundo, luchando y compitiendo —como dice san Pablo— para alcanzar el premio de la Vida Eterna. La purgante la forman las almas de los pecadores que, habiendo fallecido teniendo perdonados sus pecados por la confesión, pero pendientes de cumplir con la pena correspondiente a esos pecados, se limpian de ello en el Purgatorio. La triunfante la integran los santos que, en presencia de Dios en el Cielo, gozan de la bienaventuranza eterna.
La Iglesia Militante que formamos los fieles católicos que aún permanecemos en este mundo es, pues, pecadora, como nos recuerda el Salmo 51: “Ya en maldad fui formado y en pecado me concibió mi madre”. No podemos negarlo:
Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos, y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad. Si decimos que no hemos pecado, le desmentimos y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, os escribo esto para que no pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo. Él es la propiciación por nuestros pecados. (1 Jn, 1, 8-10; 2, 1-2a.)
Los pecadores podemos aspirar a la salvación, siempre y cuando nos arrepintamos de nuestros pecados y los confesemos en la debida forma, pues pertenecemos a la Verdadera Iglesia de Cristo. Según dogma proclamado en el Concilio IV de Letrán: “Una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie se salva”. Es decir, los herejes, aún los que se consideran católicos dentro de la secta satánico-masónica que ocupa el Vaticano, no podrán salvarse sin abjurar de su herejía antes.