Amar a Cristo
Los Amadores de Cristo destacamos, precisamente, por amar a Cristo: es nuestra razón de ser. Y Cristo —Verbo Encarnado—, junto con el Padre y el Espíritu Santo, es el Dios vivo y verdadero, Uno y Trino, al que estamos obligados a amar, tal y como dice el primer y mayor mandamiento.
Pero esa obligación citada en el Deuteronomio no es onerosa, sino llevadera, liviana, agradable, reconfortante: Cristo se hace amar; su sacrificio y entrega para salvarnos no tiene igual. Nunca, pues es imposible, podremos agradecerle habernos salvado de la muerte eterna y del destierro del Paraíso.
Aunque nuestra distancia a Él es infinita —es Dios— está acortada por Él mismo, pues se hizo hombre, como nosotros —menos en el pecado—, para mostrarnos qué debemos hacer para conseguir la vida eterna. Y Él mismo, Jesucristo, es el Camino, la Verdad y la Vida. Su ejemplo, arquetipo del hombre perfecto, es imitable con relativa facilidad: consiste en dejarse hacer por Él. Nada bueno hay en nosotros fruto de nosotros mismos, lo poco o mucho que tengamos es regalo de Dios, que lo pone en nosotros por pura gracia. Pero eso sí, a nadie se lo niega si se le pide con las debidas condiciones y profunda fe.
Amar a Cristo ha de ser el fin de nuestra vida: “Hagamos de nuestra vida un continuo acto de amor a Dios”, dice nuestro lema, y no es otra cosa que ser verdadero católico, pues no es católico el que no ama a Dios de forma continua; sin descansos, ininterrumpidamente, debemos amar a Dios de forma plena y por encima de cualquier persona o cosa.
Nuestra naturaleza humana, manchada por el pecado, está llena de concupiscencias, malos hábitos, inclinaciones perversas, deseos irrefrenables que el propio Satanás introduce en nuestra mente —que no en nuestra voluntad— para alejarnos de Dios. Hemos de hacernos violencia casi continua para alejarnos de comportamientos que desagradan a Dios, que nos hacen pecar contra el primer mandamiento, y así, quebrantando lo que Dios nos pide sobre todo lo demás, encadenar un pecado tras otro, al haber perdido lo que nos haría evitarlos: amar a Dios sobre todas las cosas.
En aquel tiempo tomó Jesús la palabra y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos.
Sí, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quisiere revelárselo.
Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera.
San Mateo, en el capítulo 11, versículos 25 a 29, de su evangelio, nos muestra a Cristo amable, dispuesto a favorecer nuestro tránsito por este valle de lágrimas, por este mundo de pecado, para que nos sea sencillo alcanzar la salvación de nuestra alma.
En Cristo, en Jesucristo, en el Verbo Encarnado, tenemos la garantía de salvación. Nuestra pequeñez a su lado Él la engrandece, la hace desaparecer hasta casi ponernos a su misma altura humana, para que tengamos opción a ocupar un sitio en su Reino celestial.