La verdadera Iglesia de Cristo
“Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” Mt. 16, 18.
En ese instante nace la verdadera Iglesia de Cristo, Su Iglesia. A pesar de las diferentes opiniones y controversias sobre la fecha de su fundación, es seguro decir que ronda ya el segundo milenio de existencia. Una historia plagada de situaciones muchas veces adversas, pues bien es verdad que Satanás no ha cejado de intentar destruirla. Pese a estar formada por pecadores, sobre los que el diablo siempre ha influido para desestabilizarla, la bondad de Dios ha suscitado muchos santos, que con su benéfica acción han conseguido su propagación por todo el mundo.
Desde su primer siglo de existencia, la Iglesia de Cristo se ha visto azotada por las herejías, que han intentado debilitar la verdadera fe. Y es que la herejía se fundamenta en un error continuado en materia de fe. Aunque se han producido más de medio centenar de herejías, es en el siglo XIX cuando madura la que venía años atrás incubándose: el modernismo, que ha sido calificada como la síntesis de todas las herejías.
Pero la Iglesia de Cristo se ha visto también sacudida por otro terrible infortunio: el cisma. Si bien el cisma no necesariamente niega la fe, pues principalmente cuestiona la unidad y la autoridad de la organización, es muy grave, y produce un gran daño.
Cuando Luzbel, el más bello de los querubines exaltados, fue puesto a prueba por Dios, antes de la creación del mundo, mostrándole a Jesucristo para que lo adorase por ser Dios, se negó al considerar que era un hombre, inferior a los ángeles, y Dios le castigo, junto a sus partidarios, desterrándoles del Paraíso a un lugar de tinieblas, fuego devastador, y en donde se concentran todos los males, siendo el mayor de todos ellos la ausencia de Dios: el Infierno. Lucifer es su nuevo nombre, y no ha cesado de luchar contra Jesucristo y su Iglesia.
Todo general de un ejército sabe que, para vencer al enemigo, hay una forma más certera que la de combatir en campo abierto: infiltrarse en sus filas, destruyendo silenciosamente sus defensas. Y Lucifer no es ajeno a ese conocimiento. El que no tuvo miedo en tentar a Jesucristo —el mismo Dios hecho Carne— no iba a cesar de promover todo aquello que pudiera serle útil para luchar contra su Iglesia. Una de sus más perfectas creaciones fue la masonería. San Pío X, en su encíclica Pascendi Dominici gregis, lo denuncia claramente:
“(…) Un gran número de católicos laicos y, lo que es todavía más de lamentar, de sacerdotes que, bajo capa de amor a la Iglesia, totalmente pobres de filosofía y teologías serias, impregnados al contrario hasta la médula del veneno del error extraído de los adversarios de la fe católica, se colocan, despreciando toda modestia, como renovadores de la Iglesia (…). Ciertamente, enemigos de la Iglesia lo son y al decir que no los hay peores, no nos apartamos de la verdad. En efecto, no es desde fuera, desde dentro traman su ruina; hoy el peligro está casi en las entrañas mismas y en las venas de la Iglesia; sus golpes son tanto más seguros cuanto mejor saben dónde herir.”
Es pues, a comienzos del siglo XX, cuando Satanás declara a la Iglesia la guerra sin cuartel. Todas las anteriores herejías, los cismas producidos, las disensiones y controversias internas, han quedado convertidas en juegos de niños, ante lo que los masones ponen en marcha: nombrar un Papa según sus necesidades y convocar un concilio que lo cambie todo. Lucifer sabe que no puede destruir a la Santa Iglesia de Cristo, pero sí puede SUPLANTARLA. Es cuestión de engañar a unos cuantos millones de fieles, de pobre cultura religiosa y amigos de los cambios que les liberen de pasados yugos. Y de un clero deseoso de liberación de ataduras, como la del uso de sotanas y hábitos, o de reglas litúrgicas obsoletas que les impiden ser ellos mismos. Obispos sin protagonismo ni autoridad real, que ambicionan más poder.
Los surcos ya habían sido arados. Los masones empezaron a sembrar las semillas con orden y cuidado, intentando no perder ni una. Los propios cambios del siglo XX, con sus avances y perniciosas costumbres, regaron la sementera. Era cuestión de esperar, para recoger su ansiado fruto: Suplantar a la Verdadera Iglesia de Cristo con una secta, satánico-masónica, desde el mismo Vaticano, sentando a Satanás en el Trono de Pedro. Una apostasía anunciada por la Santísima Virgen María en La Salette y en Fátima.
Este horrible plan, que parece el argumento de una película de terror, por desgracia ha sido una evidente realidad, que ha cambiado al mundo, que se dirige a un Nuevo Orden Mundial, con una única religión que aglutina a todas las existentes; algo que se puso en evidencia en Asís, en octubre de 1986, exactamente 28 años después de la suplantación masónica.
El discípulo no puede ser más que su Maestro, por lo que la Santa Iglesia había de pasar el cáliz de la Pasión de Cristo. Esperemos confiados en la Parusía, para que todo se recapitule en Cristo, y su Santa Iglesia resurja gloriosa.
En este enlace puede leerse un documento que explica lo acontecido.