Amadores de Cristo

Destruida, no: ¡SUPLANTADA!

“Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” Mt. 16, 18.

Por supuesto, la verdadera Iglesia de Cristo no ha sido destruida; Dios nunca autorizaría a Satanás a efectuarlo. Un cisma habría sido menos efectivo, como otras muchas veces ocurrió a lo largo de sus más de dos mil años de historia. Pero los masones, satánicos al fin, llevaban siglos con un único objetivo: acabar con el Santo Sacrificio de la Misa, desvirtuando así el gran pilar sobre el que se apoya la Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia de Cristo, la Verdadera Iglesia del Verbo Encarnado.

Lutero, como otros tantos herejes, no pudo erradicar el Santo Sacrificio de la Misa de un plumazo, por lo que tuvo que hacerlo a lo largo del tiempo, mediante pequeños cambios que iba realizando para que los fieles no se dieran cuenta. El herético Vaticano II, en su documento Sacrosanctum Concilium, también anduvo con mucha cautela, por lo que no fue, hasta pasado un tiempo, que se promulgó el Novus Ordo, remedo de la cena calvinista.

Pero el 28 de octubre de 1958, tras el Cónclave celebrado a la muerte de Pío XII, el mundo católico —los millones de fieles, los cientos de miles de sacerdotes y religiosos, los miles de obispos— fueron vilmente engañados por el que llegó a ser conocido como “el papa bueno”. La suplantación fue tan maquiavélica y bien orquestada, que prácticamente sólo fue conocida por sus autores. El profeta Oseas, en el siglo VIII a. C., ya avisó de este acontecimiento en su capítulo 3, versículos 4 y 5.

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