
«Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo»
El 19 de septiembre de 1846, en una montaña de la cadena de los Alpes, situada en la parroquia de La Salette, del arciprestazgo de Corps, en Francia, dos pastorcitos asistieron a la aparición de Nuestra Señora, la Inmaculada Virgen María, Madre del Verbo Encarnado, Jesucristo. Se mostraba llorando, con la cabeza entre las manos, y sentada en una piedra.
La no observancia del Día del Señor y la creciente costumbre de blasfemar que abundaba en la región, era una de las quejas de Nuestra Señora, que confesaba estar sujetando la mano de su Hijo para que no castigara a los infractores.
Pero el mensaje de la Inmaculada Virgen María iba mucho más allá: Profetizaba que llegaría la Gran Apostasía, que Roma perdería la fe y se convertiría en la sede del Anticristo. Denunciaba como en lo más alto de la jerarquía católica el propio Satanás se haría con el mando. La pastorcita denunció que la masonería se haría con iglesias y conventos.
Al ser un mensaje que denuncia a la más alta jerarquía católica, como lo fue el tercer secreto de Fátima, los denunciados se apresuraron a negar toda credibilidad, llegando en el caso de Fátima a asesinar a la hermana Lucía, y en el de La Salette a hacer aparecer un «documento original, escondido en los archivos vaticanos”.
Aunque Satanás es muy astuto y se vale de todas sus artes, “por sus obras los conoceréis”, y la terrible apostasía, la multitud de herejías y los continuos sacrilegios que cometen los que se hacen llamar “iglesia católica de Roma”, son suficientes para ver todo con total claridad.